¿Por qué vinieron? ¿Por qué llegaron? ¿Qué venían a buscar? ¿Qué necesitaban realmente? Me hago esas preguntas una y otra vez, no desde la certeza, sino desde la inquietud que se instala cuando las piezas no terminan de encajar. ¿Nuestras riquezas? No tenemos tantas como para justificar todo esto. ¿Querían gobernarnos? ¿Manejarnos como si fuéramos un tablero? No lo sé. ¿Era ego? ¿El deseo de alguien, de algunos, de demostrar que podían intervenir, moldear, alterar lo que durante años parecía estable? Tal vez. Mucho esfuerzo, mucha energía invertida, demasiada insistencia como para pensar que todo es casual.
Y entonces la pregunta cambia de forma, se vuelve más incómoda, más difícil de ignorar. ¿Y si vinieron y nos convirtieron en ratas de laboratorio? ¿Y si este país, que alguna vez fue ejemplo, vitrina, símbolo de equilibrio, se convirtió en un experimento? El país más feliz del mundo… ¿lo podremos amargar? La dinámica de los ticos… ¿la podremos romper? La democracia sólida, reconocida, respetada… ¿la podremos debilitar hasta que deje de sostenerse por sí sola? La Constitución, esa que ha sido columna vertebral de nuestra convivencia… ¿la podremos partir?
Y lo inquietante no es solo la pregunta. Es que, cuando uno observa, pareciera que algo de eso está pasando.
No de golpe. No de forma evidente. Pero sí de manera progresiva. Como si cada pieza se moviera con intención. Como si cada tensión añadida, cada conflicto amplificado, cada narrativa repetida, fuera parte de algo más grande. Y entonces aparece otra idea, más incómoda todavía. ¿Y si todo esto es un juego? ¿Y si, desde algún lugar que no vemos, esto es una práctica, un ensayo, una prueba? ¿Y si solo están viendo hasta dónde resistimos?
Porque lo que sí es evidente es el resultado.
Han logrado algo.
Han tocado la democracia de un país como Costa Rica. Han afectado la percepción de felicidad que tantas veces nos definió ante el mundo. Han tensado la relación con nuestras instituciones. Han puesto en entredicho la Constitución, los poderes de la República, el ecosistema, la imagen país, incluso esa forma de vivir que resumimos en dos palabras: pura vida. Y eso pesa.
Porque no estamos hablando de algo abstracto. Estamos hablando de lo que somos.
Yo puedo ver lo que ha cambiado. Puedo sentir lo que se ha movido. Puedo reconocer lo que ya no se sostiene igual que antes. Lo que no logro entender del todo es para qué. Y ahí es donde la inquietud se vuelve más profunda. Porque cuando no entendés el propósito, cualquier explicación parece posible.
Y hoy me queda una pregunta que no es cómoda, pero es honesta.
¿Y si, sí o sí, estamos siendo parte del experimento de alguien más?
No lo sé. Pero cuando lo que parecía firme empieza a ceder… uno ya no puede darse el lujo de no preguntarlo.
