
Hace apenas unos días escribía un artículo sobre el corazón de las personas. Decía que, tarde o temprano, todos terminamos sacando de nosotros lo que realmente llevamos por dentro. Que las circunstancias no crean nuestro corazón; simplemente lo dejan al descubierto. Y esta mañana, una vez más, tuve la triste sensación de comprobarlo al leer la noticia de que un diputado del Partido Liberación Nacional había sufrido un accidente de tránsito. Más allá de cualquier diferencia política, estamos hablando de un ser humano que pudo haber resultado gravemente herido, de una familia que seguramente vivió momentos de angustia y de personas que recibieron una llamada que nadie quisiera contestar. Cualquier accidente de tránsito tiene la capacidad de cambiar una vida en cuestión de segundos y nadie sale de su casa pensando que ese día podría convertirse en protagonista de una noticia así.
Sin embargo, lo que más me impactó no fue el accidente. Lo verdaderamente doloroso fueron los comentarios que aparecieron debajo de la noticia. Decenas de personas parecían encontrar satisfacción en el sufrimiento ajeno. Algunos hacían bromas. Otros celebraban. Otros insinuaban que aquello era merecido. Mientras iba leyendo cada comentario, no podía dejar de pensar que el verdadero accidente no había ocurrido en la carretera. Había ocurrido mucho antes, en el corazón de quienes son capaces de disfrutar el dolor de otro ser humano únicamente porque piensa distinto o pertenece a un partido político diferente. Eso es lo verdaderamente preocupante, porque un accidente puede ocurrirle a cualquiera. Hoy fue un diputado. Mañana puede ser un vecino, un amigo, un familiar o cualquiera de nosotros.
Lo que más me entristece es que muchas de esas personas que escriben comentarios cargados de odio también son padres y madres de familia. Hay niños creciendo en hogares donde se celebra el sufrimiento ajeno. Donde se les enseña, quizá no con discursos sino con el ejemplo cotidiano, que cuando alguien del «otro bando» tiene una desgracia, eso merece una burla en lugar de una oración, un chiste en lugar de un gesto de humanidad. Y los hijos aprenden mucho más de lo que observan que de lo que escuchan. Aprenden cómo reaccionan sus padres cuando alguien cae, cuando alguien fracasa o cuando alguien sufre. Si un niño crece viendo que el dolor ajeno produce alegría, no debería sorprendernos que algún día ese mismo niño se convierta en un adulto incapaz de sentir compasión.
No escribo estas líneas para defender a un diputado en particular. Escribo porque me preocupa el país que estamos construyendo entre todos. Me preocupa que estemos normalizando la deshumanización del adversario hasta el punto de celebrar una desgracia simplemente porque quien la sufrió piensa distinto. Cuando una sociedad pierde la capacidad de detenerse un momento frente al dolor de otro ser humano, independientemente de su ideología, empieza a perder también una parte muy importante de sí misma. La política deja entonces de ser un intercambio de ideas y se convierte en una justificación para odiar.
Al final, el accidente pasará. Las heridas físicas sanarán. La noticia desaparecerá de los medios y será reemplazada por otra. Lo que permanecerá será aquello que cada uno decidió mostrar de sí mismo frente a esa situación. Porque, al final, las circunstancias no inventan el corazón de las personas. Simplemente nos permiten verlo. Y, tristemente, esta mañana muchos decidieron mostrar exactamente lo que llevaban guardado por dentro.