Las dos pandemias

Costa Rica ha enfrentado dos pandemias en años recientes. La primera fue una pandemia biológica. Llegó desde el exterior, cruzó fronteras, paralizó economías, llenó hospitales y sembró miedo en millones de hogares alrededor del mundo. Era invisible, contagiosa y peligrosa. Durante meses vivimos pendientes de reportes médicos, de cifras de hospitalización y de noticias sobre vacunas. Muchos costarricenses perdieron seres queridos. Otros perdieron empleos, negocios o estabilidad económica. Fue una época difícil que puso a prueba nuestra capacidad de resistencia como sociedad. Afortunadamente, aquella crisis encontró al país con instituciones funcionando, con profesionales de la salud trabajando sin descanso y con autoridades que asumieron la responsabilidad de enfrentar una amenaza que nadie había previsto. Se cometieron errores, como ocurre en toda crisis humana, pero existía un objetivo claro: proteger la vida de las personas.

Aquella pandemia tenía una característica importante. Sabíamos identificarla. Sabíamos cuál era el enemigo. Podíamos discutir sobre tratamientos, restricciones o vacunas, pero nadie dudaba de que el problema era el virus. La amenaza estaba claramente definida y la sociedad comprendía que debía enfrentarse unida. El país organizó recursos, movilizó instituciones y concentró esfuerzos para combatir una enfermedad que atacaba el cuerpo humano.

Pero cuando aquella crisis comenzó a quedar atrás, llegó una segunda pandemia. Esta no atacó los pulmones. No provocó fiebre. No llenó hospitales ni obligó a utilizar mascarillas. Sin embargo, comenzó a propagarse por las redes sociales, por los discursos políticos, por los programas de opinión, por las conversaciones familiares y por los debates públicos. Era una pandemia diferente. Una pandemia que no enfermaba cuerpos, sino ideas. Una pandemia que no debilitaba organismos, sino instituciones. Una pandemia que no buscaba células humanas, sino emociones humanas. La pandemia del populismo.

Y esta segunda pandemia resultó mucho más difícil de identificar porque rara vez se presenta como una amenaza. Por el contrario, suele disfrazarse de esperanza, de valentía, de sentido común o de rebeldía. Promete soluciones simples para problemas complejos. Convence a las personas de que todos los problemas tienen un único culpable. Alimenta la sospecha permanente contra cualquier institución que sirva de contrapeso al poder. Ridiculiza a quienes piensan distinto. Desprecia la experiencia, el conocimiento técnico y la prudencia. Necesita enemigos constantes para mantener viva la indignación de sus seguidores. Y poco a poco va debilitando la confianza pública en aquellos mismos mecanismos democráticos que fueron creados para proteger la libertad de todos.

Durante la primera pandemia temíamos por nuestras vidas. Veíamos hospitales llenos, escuchábamos noticias preocupantes y nos preguntábamos cuándo llegaría el final de aquella pesadilla. Durante la segunda pandemia el temor comenzó a ser diferente. Ya no se trataba únicamente de la salud física de los ciudadanos. Comenzamos a preocuparnos por la salud de la democracia, por la independencia de los poderes de la República, por la fortaleza de las instituciones, por el respeto a los derechos humanos y por la capacidad de convivir pacíficamente entre personas que piensan diferente. Lo que parecía una simple estrategia política fue convirtiéndose, para muchos, en una amenaza permanente contra la estabilidad institucional que Costa Rica construyó durante décadas.

La primera pandemia nos obligó a tomar medidas para protegernos unos a otros. La segunda parece haber convencido a muchas personas de que el adversario político no merece respeto, de que el insulto es una forma válida de participación ciudadana y de que cualquier institución que no se someta a la voluntad de un líder debe ser desacreditada. Poco a poco, la agresión comenzó a sustituir al diálogo, la sospecha comenzó a sustituir a la confianza y la confrontación comenzó a sustituir a la búsqueda de acuerdos.

La primera pandemia llenó unidades de cuidados intensivos. La segunda ha colocado en cuidados intensivos a la confianza pública, al diálogo democrático, al respeto institucional y a la convivencia nacional. Hoy observamos cómo se ataca constantemente a instituciones que durante décadas sirvieron de soporte para la democracia costarricense. Observamos campañas permanentes de desprestigio contra quienes piensan diferente. Observamos intentos de reducir debates complejos a consignas simples y emocionales. Y observamos una creciente dificultad para sostener conversaciones serenas sobre los grandes problemas nacionales.

Quizá la diferencia más importante entre ambas pandemias es que la primera tuvo vacunas. La ciencia trabajó día y noche hasta encontrarlas. La segunda no tiene una vacuna única. No existe una inyección capaz de inmunizar a una sociedad contra el populismo. La única protección posible es una ciudadanía informada, crítica y responsable. Personas que lean antes de compartir información. Que verifiquen antes de creer. Que escuchen antes de reaccionar. Que comprendan que ninguna democracia puede sobrevivir si destruye sistemáticamente la confianza en todas sus instituciones y en todos sus mecanismos de control.

Espero que algún día podamos decir que ambas pandemias quedaron atrás. Que superamos la enfermedad que amenazó nuestros cuerpos y también la que amenaza nuestra convivencia democrática. Porque los países suelen recuperarse de las crisis sanitarias. La historia demuestra que eso es posible. Pero cuando una sociedad pierde la capacidad de distinguir entre liderazgo y espectáculo, entre crítica y destrucción, entre democracia y populismo, la recuperación puede resultar mucho más lenta y mucho más dolorosa.

Costa Rica merece sanar de ambas.

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