Yo sé que muchas personas creen en el partido de gobierno y en el llamado partido del continuismo, que —conviene aclararlo— ni siquiera es el mismo. Y también sé que, bajo ese paraguas, ya se están formando dos, tres o hasta cinco partiditos nuevos que pretenden seguir la misma línea, el mismo tono y el mismo estilo de poder.
Desde el oficialismo se ataca una y otra vez a los partidos tradicionales, a los de los expresidentes, a quienes gobernaron antes. Se les insulta, se les reduce a la etiqueta de “corruptos”, se les borra de la memoria colectiva con frases hechas y eslóganes huecos. Pero yo me pregunto: ¿de verdad creen que este partido, o sus imitaciones, tienen la capacidad de crear un país cuando lo que han hecho es desmantelarlo?
¿De verdad creen que podrían construir lo que en su momento levantaron Liberación Nacional, la Unidad Social Cristiana o el Partido Acción Ciudadana? Porque, más allá de las diferencias ideológicas o de los errores que todos cometieron —y sí, los cometieron—, fueron esas agrupaciones las que construyeron el país que hoy disfrutamos: la educación pública, el seguro social, la red eléctrica, las universidades, las instituciones de control, la diplomacia, la paz civil, la democracia sólida que hoy está siendo puesta a prueba.
La respuesta, aunque duela, es clara: no, no podrían.
Y lo curioso es que muchos de los que hoy defienden al partido gobernante o a sus réplicas de garaje lo saben, pero no lo reconocen. No lo reconocen porque el manual del populismo es astuto: primero demoniza a los anteriores para poder gobernar sin comparación. Les hace creer a sus seguidores que todo lo pasado fue malo, y que el “nuevo orden” es la única salvación posible.
El resultado es triste: terminan defendiendo al mismo sistema que los empobrece, que debilita las instituciones y que se burla de las reglas que sostienen la libertad. No se dan cuenta de que, si hoy pueden votar, opinar, disentir o apoyar a quien quieran, es precisamente gracias a esos partidos que tanto desprecian.
Si todos ellos hubieran actuado como actúa el actual gobierno, usted no estaría decidiendo nada. No habría pluralidad, no habría prensa libre, no habría justicia independiente. Y mucho menos habría paz.
Así que sí, lo digo con claridad y sin rencor: mal agradecido, el que insulta lo que le dio libertad.
Porque lo que tenemos —aún— como país, no nació del desprecio ni del grito, sino del trabajo, la visión y el compromiso de generaciones que creyeron en Costa Rica antes de usarla como plataforma de poder.
Y si queremos que este país siga respirando en paz, necesitamos recordar que los cimientos no se construyeron desde la rabia, sino desde la esperanza.