Mandato y café recién molido

Cuando esta campaña empezó y yo me vi en medio de todo esto, no fue algo que pedí. No fue un llamado que yo hiciera al universo ni una estrategia que diseñara en silencio. De alguna manera fue un mandato. Me pusieron donde estoy. Y obedientemente asumí el lugar. Un lugar que me dio grandes satisfacciones, pero que también abrió puertas que jamás imaginé que se abrirían tan pronto o tan fácilmente. Puertas institucionales, puertas humanas, puertas emocionales. No lo pedí, pero cuando ocurrió, lo asumí con responsabilidad.

Entonces, al final, no fue una petición. No fue una sugerencia. Fue casi un mandato. “Te vamos a poner aquí”. Y ahí me pusieron. Y obedientemente hice el trabajo que me correspondía.

Lo hice con disciplina. Lo hice con convicción. Y, si soy absolutamente honesto, lo hice con disfrute. Disfruté figurar. Disfruté los comentarios. Disfruté que me saludaran en la calle. Disfruté sentir que lo que decía tenía eco. No voy a fingir humildad falsa. Lo disfruté. Mucho. Fue un trabajo arduo. Fue duro. Fue extenuante. Pero también fue profundamente satisfactorio.

La noche en que perdimos las elecciones —porque sí, perdimos— yo no tuve tiempo de vivir el duelo. Mientras la inmensa mayoría de quienes estaban en contra del continuismo lloraban, se abrazaban o se quedaban en silencio frente al televisor, yo tenía setecientos mensajes sin contestar. Al día siguiente tenía mil quinientos. No podía. No debía dejarlos solos. Había enamorado el alma de muchas personas y no era el momento de retirarme a llorar. No tenía derecho al duelo. Tenía responsabilidad. Tenía que sostener. Tenía que seguir escribiendo. Tenía que seguir calmando. Tenía que seguir estando.

Pero en días recientes, cuando el ruido bajó y la intensidad se diluyó, empecé a sentir algo distinto. Un pequeño abandono. Una cuesta arriba. La campaña siguió. Yo seguí trabajando. No solo en la campaña, sino en todo lo que implicaba sostenerla. Y me sentí solo. Un poco sin apoyo. Un poco vacío. Tal vez eso era el duelo que se asomaba tarde.

Y entonces hice algo simple. Me detuve. Me hablé a mí mismo. Me dije que lo que había hecho estaba bien. Que el esfuerzo había sido digno. Que había trabajado cada minuto posible. Que no tenía nada que reprocharme. Ese mismo día escribí un artículo y lo publiqué.

Y en medio de esa sensación extraña, recibí un mensaje. Un productor de café, desde San Isidro, en Perez Zeledón, hacia la frontera con Panamá, me dijo que estaba cerca, en Alajuela, y que le gustaría conocerme. Cancelé una reunión. Abrí la tarde. Vino con su esposa. Trajeron café. Dos tipos distintos. Trajeron la maquinita para molerlo. Yo saqué galletas. Nos sentamos en la terraza. Ella preparó el café dos veces, para que probáramos ambos granos. Conversamos de la campaña, de política, de humanidad, de lo que duele y de lo que da esperanza.

Fue una tarde hermosísima.

Ella, Xinia, dulce, luminosa, tranquila. Él, Julio, agraciado, sensible, inteligente, preparado. No se prohibió decir cosas bonitas. No se guardó lo que sentía. Buscaba palabras sueltas para explicarme lo que experimentaba. Yo lo miraba y sabía exactamente lo que era.

Le dije algo que salió sin cálculo: “Esto que sentís es cuando el alma se enamora”. Uno puede conocer a alguien y el alma se enamora. Y entonces uno dice: qué simpático, qué noble, qué amable. Pero en realidad esas son solo frases intentando explicar algo más simple y profundo: el alma reconoce.

Me dijo que nunca había escuchado eso de “alma enamorada”. Seguro le parecía una expresión nueva, extraña, casi ingenua. Y yo le confesé, con una sonrisa que no intenté disimular, que me la había inventado. Que no venía de ningún libro, ni de ninguna corriente filosófica, ni de ninguna escuela espiritual. Que simplemente me había salido así, porque no encontraba otra forma de nombrar lo que estaba pasando en ese momento. Él se quedó en silencio unos segundos, como probando la frase por dentro, como si la estuviera girando entre los dedos para ver si encajaba en lo que sentía. Y entonces vi algo muy sutil en su mirada: alivio. Como si esa explicación, tan sencilla e improvisada, le diera permiso para sentir sin tener que justificarlo con palabras más complejas. Parecía feliz con esa descripción, como si mi manera de nombrarlo coincidiera exactamente con lo que le estaba ocurriendo por dentro. Y eso me gustó profundamente. Me gustó haber acertado sin haberlo planeado. Me gustó haber creado una frase que le sirviera de espejo. Y al final, con una risa suave, me dijo que había sido un buen invento, o algo así. Y yo pensé que tal vez las mejores verdades son esas que uno inventa cuando el corazón no encuentra otra manera de explicarse.

Le escribí en el libro que le regalé, que mi alma se había enamorado de la suya. Pero no solo fue el libro. Esa tarde les regalé un pincel. Les regalé dos broches del movimiento. Les regalé una acuarela que pinté frente a ellos. Y sí, les regalé el libro. Pero más importante que todo eso, hoy les regalé mi amistad y mi cariño. Y ellos, sin proponérselo, se robaron mi corazón.

Nos habíamos saludado de mano, pero no iba a dejar que se fueran sin un abrazo. Temía incomodar. No sabía cómo lo recibiría. Pero no hizo falta pedirlo. Me abrazó primero. Y yo, por supuesto, le di un beso. Porque siempre tengo que salir ganando.

Fue una tarde de más de tres horas. Cuando se fueron, todavía tenía en la boca el sabor de los dos cafés. Pero más fuerte que el café era el sabor de ellos. El sabor del encuentro.

Entré. Bajé las luces. Cambié los colores. Me senté en la terraza a pensar. No podía correr al siguiente pendiente. Tenía que quedarme ahí. Había una melancolía suave. Porque no sé cuándo volveré a verlo. Y mi alma lo reclamaba.

Veinte minutos después, encendí el teléfono. Abrí Facebook. Estaba la publicación sobre los resultados. Y debajo, mensajes. Mensajes que no eran comentarios. Eran abrazos escritos. Eran declaraciones. Eran gratitudes. Yo ya estaba sensible por lo vivido. Ya estaba abierto. Y al leerlos, lloré.

No lloré por derrota. No lloré por cansancio. Lloré porque sentí, más allá de lo racional, que el universo que un día me puso en esto, hoy me estaba diciendo: gracias. Gracias por no callar. Gracias por sostener. Gracias por amar sin cálculo.

Y en ese momento entendí algo. Sí, perdimos una elección. Pero ganamos algo más grande. Ganamos encuentros. Ganamos conciencia. Ganamos miles de almas apaciguadas. Ganamos conversaciones que no existían antes. Ganamos abrazos que no se pueden medir.

Yo perdí como votante. Pero no perdí como ser humano. No perdí como ciudadano. No perdí como alma expuesta.

Vivir así —con el alma abierta— es arriesgado. Uno se quiebra más fácil. Se emociona más fácil. Se hiere más fácil. Pero también ama más fácil. Y cuando uno ama así, no puede llamar derrota a lo que está lleno de sentido.

Si todo esto hubiera sido solo para esa tarde en la terraza, para ese café recién molido, para ese abrazo inesperado, para esos mensajes que me hicieron llorar… ya habría valido la pena.

Tal vez esto fue hecho para algo grande. Tal vez no sé para qué es. Tal vez no importa. Si fue para momentos como ese, para sentir que el alma se enamora y que no estamos solos… entonces estuvo bien.

Y hoy, con toda la sensibilidad a flor de piel, solo puedo decir gracias.

Gracias por estar.
Gracias por sostener.
Gracias por dejar que el alma se exponga.

Porque más allá de la política, más allá de las campañas, más allá de los resultados… lo único que realmente importa es que todavía sepamos sentir.

Y yo, hoy, sentí. Gracias querido Julio

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