Mis chicas INSIGHT

Como si nos conociéramos desde siempre

El lunes fui a un taller. No era cualquier taller. Era un espacio post Insight 1, de esos que se sienten como la resonancia suave de un eco que vuelve desde lo más profundo del alma. Yo ya soy Insight 4, pero ese día tenía tiempo, tenía ganas, y sobre todo tenía gratitud. El facilitador era alguien a quien quiero mucho. Con él caminé Insight 1 e Insight 2, así que volver a ese espacio con su presencia era, de algún modo, volver a casa.

Durante el receso, tomé una decisión sin pensarlo mucho: sentarme en una mesa con cuatro chicas que no conocía. Apenas unas palabras entre la apertura y el trabajo en grupo, pero bastaron. Bastaron para abrir un canal invisible, un hilo de esos que no se ven, pero tiran. Fue inmediato. Un enlace de esos que la vida lanza con puntería perfecta, sin pedir permiso ni explicar razones.

Y luego pasó lo inesperado. El miércoles siguiente —ni siquiera dos días después— esas cuatro llegaron a mi casa. Como si la amistad se hubiera dado el lujo de saltarse las etapas y plantarse ahí, madura, entera, lista para quedarse. Llegaron como se llega a casa de un amigo de años: sin dudas, sin máscaras. Traían una vagoneta de bocas, quesos, galletas, dips, vino… y una risa que se fue expandiendo por toda la casa. Yo puse un par de botellas más. La noche se fue redondeando, hermosa, imperfecta, viva.

Ya cerca de la medianoche —con el corazón suelto y las palabras tibias— nos pusimos a pintar. Así, como si fuera lo más natural del mundo. Y lo fue. Las cuatro llevaban una obra terminada. Una obra cada una. Preciosa. Como si siempre hubieran pintado. Como si siempre hubieran estado ahí. Como si ese momento ya lo hubiéramos vivido antes y solo vinimos a repetirlo, sabiendo que esta vez lo íbamos a recordar.

Fue una noche de risas, de complicidad, de amistad recién nacida con sabor a historia compartida. Y yo, que me la paso poniendo palabras al mundo, no termino de encontrar las correctas. Hay cosas que se sienten, no se explican. Como esa sensación de cercanía que no necesita biografía. Como ese calorcito que queda cuando uno encuentra a su tribu sin buscarla.

Y así fue. Como si nos conociéramos de toda la vida. O como si la vida —caprichosa y generosa— hubiera dicho: «A partir de hoy, ya se conocen. Juntos para siempre.»

Me pregunto de quién fue la magia de esa noche. ¿Quién fue el responsable? ¿Quién creó ese ambiente tan ligero, tan profundo, tan lleno de belleza invisible?

¿Fue la acuarela, como casi siempre? No lo sé. Porque la magia estaba ahí antes de que tocáramos los pinceles. Antes de que el agua se mezclara con los pigmentos. Antes de que el papel viera nacer cualquier trazo. La magia ya habitaba la casa cuando las risas aún eran tímidas y las copas estaban llenas por primera vez.

¿Fue tal vez el taller que ha visto tanta magia antes? ¿Ese espacio sagrado donde tantas almas han dejado una parte de sí? No lo sé. Porque no estábamos sentados en las mesas. No había mandiles ni agua en frascos reciclados. Estábamos en la sala, con los pies descalzos y el corazón a la vista.

¿Fue acaso la casa? ¿Fui yo?

¿Fui yo quien, con mis ganas, con mi ilusión, con ese impulso tierno de prepararles regalos, de poner vino en la mesa, de encender velas invisibles para que todo brillara más… fui yo quien encendió la magia?

No lo sé. Tal vez fueron ellas. Pamela. Paula. Daniela. Lía.

Tal vez sí. Tal vez fueron ellas, con su disponibilidad abierta, con su risa a flor de piel, con su alma sin miedo al encuentro. Tal vez llegaron así: dispuestas a conectar sin entender por qué, sin preguntar para qué.

¿O fue Insight, que nos enseñó —una y otra vez— a mirar con el corazón abierto? ¿A reconocernos, aunque no sepamos aún los apellidos? ¿A abrazar sin reservas, como si la vida no nos debiera más tiempo?

No sé. Tal vez fue todo junto. Tal vez fue el lunes, el taller, la mesa compartida. Tal vez fue el vino y las bocas. Tal vez fue mi casa y mis ganas. Tal vez fueron ellas.

O tal vez fue la noche.

Una noche como esas que vienen ya cargadas, con su propia bendición secreta, con su propio conjuro. Tal vez el momento y la noche estaban simplemente bañados de amor.

Y nosotros —felices, espontáneos, agradecidos— nos dejamos empapar.

Y no terminó esa noche. Porque hay noches que no terminan cuando uno apaga las luces. No se van con las risas, ni con las copas vacías, ni con los pinceles lavados. Se quedan ahí, en las cosas pequeñas que siguen sucediendo después.

Quedamos impregnados. Como cuando algo se derrama sobre una tela y ya no hay manera de separarlo. Así, como si nuestras almas se hubieran rozado apenas, pero con fuerza suficiente para dejarse una marca invisible y eterna.

El día siguiente llegó con esa resaca dulce que no es de vino, sino de ternura. Nos habíamos quedado enganchados a algo que no sabíamos cómo nombrar. Y entonces empezaron a llegar los mensajes. Uno a uno. Desordenados, como llegan las mariposas al jardín cuando empieza a oler a flores.

Un “gracias” aquí. Un “qué noche tan hermosa” allá. Una foto, dos fotos, tres. Imágenes que no necesitaban filtros, porque ya venían iluminadas por dentro.

Y luego llegaron las historias. Las de Instagram, sí, pero también las otras: las que se cuentan en voz baja, las que se tejen entre líneas, las que se dejan caer sin planearlo en un mensaje directo a medianoche. Nos compartimos fotos de nuestras acuarelas, pero también nos compartimos otra cosa: nos compartimos el alma. Y eso… eso no pasa todos los días.

Yo las veía escribirse entre ellas, etiquetarse, responderse como si lleváramos años compartiendo domingos, viajes, despedidas. Y yo también lo hacía. Porque estábamos enredados ya. No en un lazo social, sino en una hebra sutilísima que nos unía desde otro lugar.

Y yo… yo confieso que me sentía enamorado. No de una persona. Sino del momento. De ellas. De mí, viéndome tan vivo. De esa sensación extraña de haber encontrado un rincón donde todo calzaba. Donde todo tenía sentido sin tener que explicarlo.

Nos habíamos visto. De verdad. Y una vez que alguien te ve, ya no podés volver a desverte. Ya no podés desamar esa noche. Ya no podés descompartir la risa. Ya no podés desenlazar el alma.

Y entonces supe que algo había cambiado para siempre.

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