De vez en cuando recibo comentarios curiosos sobre mis escritos. Algunas personas me felicitan porque, a pesar de ser textos largos, logran leerlos completos. Otras me sugieren que debería hacerlos más cortos para que lleguen a quienes leen poco o tienen menos paciencia para textos extensos. Y la verdad es que probablemente ambos grupos tengan algo de razón.
Porque al final existen gustos para todo.
Hay personas que disfrutan una reflexión desarrollada, que agradecen el contexto, los matices y la posibilidad de recorrer una idea paso a paso. Y también hay quienes prefieren mensajes breves, directos y rápidos de consumir. Ninguna de las dos formas es incorrecta. Simplemente responden a maneras distintas de relacionarse con la lectura.
Sin embargo, también hay algo que conviene recordar: yo soy escritor. De hecho, quienes me conocen desde hace años saben que muchas veces me contengo para no escribir todavía más. Mi tendencia natural no es resumir una idea en dos líneas, sino explorarla, observarla desde distintos ángulos y tratar de comprenderla antes de llegar a una conclusión. No porque crea que mi opinión sea más importante que la de los demás, sino porque muchas veces siento que los temas merecen algo más que una reacción rápida.
Además, existe un supuesto que escucho con frecuencia: que si los textos fueran más cortos llegarían a cierto sector de la población al que nos gustaría alcanzar. Y tal vez sea cierto en algunos casos. Pero también es posible que no lo sea. Muchas de esas personas no leen artículos largos ni artículos cortos. Consumen principalmente imágenes, videos breves o publicaciones de unas pocas palabras. Reducir un texto de mil palabras a doscientas no necesariamente cambia esa realidad.
Y ahí aparece otra razón por la que escribo como escribo.
Muchas veces mi intención no es simplemente comentar una noticia o emitir una opinión. Mi objetivo suele ser explicar un tema, aportar contexto, abrir perspectivas y permitir que quien lee tenga más elementos para construir su propio criterio. Me interesa mucho más abrir una conversación que cerrar una discusión. Me interesa más sembrar preguntas que imponer respuestas. Y para hacer eso, normalmente se necesita algo de espacio.
Por eso también rara vez discuto con quienes piensan distinto. Sería contradictorio. Si el propósito del escrito es abrir una puerta para la reflexión, entonces resulta natural que algunas personas lleguen a conclusiones diferentes a las mías. Eso forma parte del proceso. De hecho, muchas veces es precisamente ahí donde aparece el valor de la conversación.
Lo único que considero indispensable es el respeto.
Porque una cosa es discrepar y otra muy distinta es descalificar. Una cosa es aportar una visión diferente y otra convertir el intercambio de ideas en una competencia para ver quién grita más fuerte. Mientras exista respeto, las diferencias no me molestan. Al contrario. Enriquecen la conversación.
Así que probablemente seguiré escribiendo de esta manera. Algunas veces un poco más corto. Otras veces un poco más largo. Pero siempre intentando que cada texto sirva para algo más que expresar una opinión. Intentando que sea un espacio donde cada persona pueda detenerse unos minutos, observar una idea y decidir por sí misma qué piensa sobre ella.
Y si después de leer alguien termina estando de acuerdo o en desacuerdo conmigo, eso es perfectamente válido.
Lo importante es que haya pensado.