No todas las voces pesan igual

Tanto doña Claudia Dobles como don Ariel Mora tienen todo el derecho de opinar. Ambos son diputados de la República. Ambos fueron electos democráticamente. Ambos representan a sectores de la ciudadanía en la Asamblea Legislativa. Y en términos formales, la voz de uno vale exactamente lo mismo que la voz del otro. Así funciona la democracia. Un diputado no tiene más voto que otro, ni más derechos parlamentarios que otro. Esa igualdad política es fundamental para el funcionamiento de cualquier sistema democrático serio.

Sin embargo, una cosa es tener el mismo derecho a hablar y otra muy distinta es tener el mismo contenido que aportar. Y creo que ahí es donde aparece una diferencia importante que no deberíamos ignorar. Existe una enorme distancia entre una persona que ha dedicado años a prepararse académicamente, a trabajar en asuntos públicos, a estudiar temas complejos, a participar en espacios de toma de decisiones y a relacionarse con expertos nacionales e internacionales, y una persona cuya experiencia en esos ámbitos es más limitada. No se trata de decir que una vale más que la otra como ser humano. Se trata simplemente de reconocer que la experiencia, la preparación y la trayectoria sí importan cuando se discuten asuntos de interés nacional.

Por eso me llamó la atención la forma en que Ariel Mora respondió a Claudia Dobles. Porque más allá de que uno pueda estar de acuerdo o no con las observaciones que ella realizó sobre lo sucedido en Crucitas, gran parte de la respuesta no estuvo orientada a desmontar sus argumentos ni a demostrar que estaba equivocada. Más bien estuvo orientada a recordarle que perdió una elección presidencial. Y honestamente, no estoy seguro de que eso constituya un argumento válido dentro de una discusión seria.

Porque sí, es cierto. Claudia Dobles perdió una elección presidencial. Ese hecho es indiscutible. Pero también es cierto que participó. Se sometió al juicio de millones de costarricenses. Recorrió el país. Construyó una propuesta. Debatió. Recibió críticas. Asumió riesgos políticos. Compitió en el escenario más complejo de la política nacional. Y perdió. Mientras tanto, quienes nunca participaron en una elección presidencial tampoco pueden decir que la ganaron. Simplemente no estuvieron en la cancha. Y eso también es un hecho que merece ser reconocido.

Lo que me preocupa es que cada vez más el debate político parece concentrarse en desacreditar personas en lugar de discutir ideas. Si alguien cuestiona al gobierno, inmediatamente se le recuerda una derrota electoral. Si alguien plantea dudas sobre una decisión, se le atribuyen motivaciones ocultas. Si alguien hace una crítica, se le acusa de resentimiento político. Y poco a poco dejamos de analizar los argumentos para concentrarnos únicamente en la identidad de quien los emite. Es una práctica cómoda, porque evita tener que responder el fondo de la discusión.

Yo mismo puedo estar de acuerdo con Claudia Dobles en algunos temas y en desacuerdo en otros. Lo mismo ocurre con Ariel Mora. Ninguna persona tiene razón siempre. Ninguna persona está equivocada siempre. Pero sí creo que cuando una persona ha construido una trayectoria pública, profesional y académica significativa, merece que sus argumentos sean analizados con seriedad, independientemente de si nos gustan o no sus conclusiones. Responder a una idea con otra idea fortalece la democracia. Responder a una idea recordando una derrota electoral la debilita.

Al final, los costarricenses no necesitamos diputados que se dediquen únicamente a ganar intercambios virales en redes sociales. Necesitamos diputados capaces de construir argumentos sólidos, escuchar posiciones diferentes, debatir con respeto y elevar el nivel de la conversación pública. Porque las elecciones terminan. Los gobiernos cambian. Los partidos suben y bajan. Pero la calidad del debate democrático permanece.

Y precisamente por eso creo que vale la pena recordar algo sencillo. Todos los diputados tienen la misma voz dentro de la Asamblea Legislativa. Pero no todas las voces llegan con la misma preparación, la misma experiencia o el mismo contenido detrás. Y reconocer esa realidad no es un ataque contra nadie. Es simplemente reconocer que, como en cualquier otra actividad humana, hay personas que han dedicado más años a aprender, estudiar, trabajar y comprender los temas sobre los que hablan.

Porque al final, en política como en la vida, no basta con hablar. También importa lo que uno tiene para decir.

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