Tal vez suene exagerado decirlo así, pero vale la pena mirarlo de frente, sin maquillaje emocional y sin consignas: estas podrían ser las últimas elecciones reales que viva Costa Rica como la hemos conocido. No solo para quienes están en contra del continuismo. También para quienes creen que es la mejor alternativa. Incluso para quienes están indecisos o para quienes ya se rindieron y piensan no votar. Nadie queda fuera de esta posibilidad. Porque cuando una democracia se debilita, no elige a quién proteger.
Lo que está en juego no es solo un partido, un color o una figura. Lo que está en juego es la arquitectura completa que sostiene al país: la independencia de los poderes, los contrapesos, los árbitros, las instituciones que no se diseñaron para complacer al poder de turno, sino para contenerlo. En cuatro años puede pasar mucho más de lo que una sociedad imagina cuando aún vive bajo la ilusión de que “aquí eso no pasa”.
Hoy todavía existen columnas que sostienen la casa. Han resistido. Han sido presionadas. Han sido atacadas. Han sido desacreditadas. Han sido puestas bajo sospecha. Y aun así siguen de pie, haciendo lo que pueden, con lo que tienen, bajo una tensión que no es normal para una democracia sana. Han dado su mejor esfuerzo. Han aguantado. Pero nadie resiste para siempre sin desgaste.
Un país no se quiebra solo con un golpe. Se quiebra con la suma de golpes normalizados. Primero te dicen que una institución estorba. Luego que atrasa. Después que es enemiga. Luego que hay que intervenirla “por el bien del pueblo”. Y cuando reaccionas, ya no queda casi nada que defender. Por eso este momento es distinto. No es una elección más en el calendario. Es una elección atravesada por una fragilidad que antes no existía con esta intensidad.
La democracia no está perdida todavía. Eso es verdad. Pero tampoco está garantizada. Está viva… y herida. Y una democracia herida no puede soportar indefinidamente nuevos ataques sin que algo esencial termine por romperse. Lo que hoy se sostiene con valentía podría no soportar otro ciclo completo de desgaste, presión y descrédito.
Por eso esta elección no es solo sobre a quién prefieres. Es sobre qué sistema decides cuidar. Es sobre si entiendes que hay cosas que, una vez que se pierden, no siempre se recuperan con un voto posterior. Es sobre si comprendes que el silencio, la indiferencia y el “me da igual” también votan, aunque no se marquen en una papeleta.
Todavía hay país. Todavía hay instituciones. Todavía hay una puerta abierta para decidir con libertad. Pero esa puerta no se queda abierta por inercia. Se mantiene abierta porque la ciudadanía la sostiene con presencia, con criterio, con participación y con conciencia.
Tal vez suene duro decirlo así, pero mejor decirlo ahora que lamentarlo después: esta elección no se parece a las anteriores. Se parece más a una línea que se cruza una sola vez. Y después… lo que venga.
