No le robes el momento a los demás

Hay algo curioso que ocurre en muchas conversaciones y que pocas veces nos detenemos a observar. Alguien te llama emocionado para contarte algo bueno que le ocurrió. Tal vez le regalaron flores. Tal vez aprobó un examen difícil. Tal vez consiguió un trabajo. Tal vez recibió una noticia que llevaba años esperando. Y mientras esa persona todavía está compartiendo su alegría, aparece una reacción que parece inocente, pero que muchas veces tiene un efecto inesperado: inmediatamente trasladamos la conversación hacia nosotros mismos.

«Qué bonito, a mí también me regalaron flores.»

«Yo también me saqué un 90.»

«Eso me pasó a mí el año pasado.»

«Yo incluso saqué un 95.»

La intención rara vez es mala. De hecho, muchas veces quien responde así cree que está conectando con la experiencia del otro. Cree que está mostrando empatía o identificándose con la historia. Sin embargo, lo que ocurre con frecuencia es algo diferente. El foco de la conversación deja de estar en quien estaba viviendo su momento y pasa a estar en quien escucha. Y ese pequeño cambio tiene consecuencias.

Porque todos necesitamos, de vez en cuando, que alguien simplemente nos escuche. Que nos permita disfrutar un logro sin compararlo. Que nos permita contar una alegría sin convertirla en una competencia. Que nos permita vivir un momento especial sin que inmediatamente aparezca otra historia intentando ocupar el mismo espacio.

No todas las conversaciones necesitan que aportemos una experiencia propia. A veces la mejor respuesta es una pregunta. A veces la mejor respuesta es una felicitación sincera. A veces la mejor respuesta es permitir que la otra persona siga hablando y disfrute aquello que la tiene feliz.

Lo curioso es que las personas recuerdan cómo las hacemos sentir. Y cuando alguien siente que cada vez que comparte una alegría termina compitiendo con otra historia, poco a poco deja de compartir. No porque esté molesto. No porque haya una pelea. Simplemente porque deja de encontrar ese espacio seguro donde puede ser escuchado sin interrupciones emocionales.

Escuchar parece algo sencillo, pero en realidad es una forma de generosidad. Significa dejar nuestro propio ego en pausa durante unos minutos para darle espacio al otro. Significa comprender que no todos los momentos tienen que girar alrededor de nosotros. Significa reconocer que la felicidad ajena no disminuye la nuestra y que celebrar los logros de los demás no nos quita absolutamente nada.

Tal vez por eso las personas más queridas suelen tener una característica en común: hacen sentir importantes a quienes las rodean. No porque hablen mucho. No porque cuenten grandes historias. Sino porque saben escuchar cuando llega el momento de escuchar y saben celebrar cuando llega el momento de celebrar.

Así que la próxima vez que alguien te llame emocionado para contarte algo bueno, prueba algo diferente. Escucha un poco más. Pregunta un poco más. Celebra un poco más. Y deja tu propia historia para después.

Porque hay momentos que no necesitan competencia.

Solo compañía.

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