No basta con ser honesto

Yo no sé si la diputada Cindy Murillo cometió alguna irregularidad o no. Tampoco sé si existe un delito, un conflicto de interés o simplemente una interpretación distinta de los hechos. Eso deberán determinarlo las autoridades competentes, el Ministerio Público, la Procuraduría de la Ética Pública y, eventualmente, los tribunales de justicia. Apacigua no está para condenar personas ni para declarar culpables o inocentes. Pero sí está para reflexionar sobre situaciones que nos permiten aprender algo como sociedad. Y esta noticia nos deja una enseñanza importante que va mucho más allá de una diputada, un proyecto de ley o una denuncia específica.

Mi abuelita decía algo que nunca olvidé: “Vini, uno no solo tiene que ser bueno, sino parecerlo”. Durante años pensé que aquella frase era exagerada. Con el tiempo comprendí que encerraba una enorme sabiduría. Porque la confianza pública no depende únicamente de que una persona actúe correctamente. También depende de que sus actuaciones no generen dudas razonables sobre sus motivaciones. Quienes ocupan cargos públicos viven bajo una condición diferente a la del resto de los ciudadanos. Sus decisiones afectan a miles o millones de personas, y por eso sus actos son observados con una lupa mucho más grande.

Si una persona participa en una votación que podría beneficiar directa o indirectamente a familiares, propiedades o actividades con las que está vinculada, aunque esté completamente convencida de que actúa correctamente y aunque tenga los argumentos jurídicos para defender su posición, inevitablemente aparecerán preguntas. Y las preguntas son normales. Precisamente por eso existen las figuras de abstención, inhibición y declaración de conflictos de interés. No porque toda persona involucrada sea corrupta. No porque toda coincidencia implique una conducta indebida. Sino porque las instituciones deben protegerse incluso de la apariencia de corrupción. Porque una sospecha puede erosionar la confianza ciudadana aunque nunca llegue a demostrarse una falta.

Y aquí es donde la discusión se vuelve particularmente interesante. Supongamos por un momento que la diputada tenga razón. Supongamos que no existe beneficio personal alguno. Supongamos que no hay conflicto de interés y que todo se encuentra dentro de la legalidad. Aun así, vale la pena hacerse una pregunta: ¿habría sido más prudente advertir públicamente sobre la situación y apartarse de la discusión o de la votación? No planteo la pregunta como una acusación. La planteo como una reflexión sobre la enorme responsabilidad que implica ejercer un cargo público. Porque cuando una persona representa a la ciudadanía, muchas veces debe pensar no solamente en lo que es legal, sino también en cómo sus acciones serán percibidas por quienes depositaron su confianza en ella.

La confianza pública es un patrimonio extremadamente frágil. Cuesta años construirla y apenas minutos perderla. Por eso las democracias modernas han desarrollado cada vez más mecanismos para transparentar intereses, relaciones familiares, actividades económicas y cualquier circunstancia que pueda generar dudas razonables. No porque se parta de la idea de que todos son deshonestos, sino precisamente porque se busca proteger a quienes actúan correctamente de sospechas innecesarias.

Al final, tal vez este caso no termine demostrando ninguna irregularidad. O tal vez sí. No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que deja una lección valiosa para diputados, alcaldes, ministros, magistrados, funcionarios públicos y también para quienes dirigimos organizaciones, empresas o proyectos ciudadanos. La integridad no consiste únicamente en actuar correctamente. También consiste en evitar situaciones que puedan hacer dudar a los demás sobre nuestras motivaciones. Porque la ética pública no se construye solamente con buenas acciones. También se construye con prudencia.

Y por eso sigo recordando aquella frase de mi abuelita. Una frase sencilla, casi doméstica, pero que quizá resume mejor que muchos tratados de ética lo que está en juego cuando se ejerce una responsabilidad pública: uno no solo tiene que ser bueno. También tiene que parecerlo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio