El país invisible: la Costa Rica que sigue trabajando mientras otros pelean

Mientras algunos se insultan en redes, se lanzan consignas y se pelean por quién tiene la razón, hay otro país que no aparece en los titulares. Es el país invisible, el que no necesita micrófonos para existir. El que madruga, prepara café, deja a los hijos en la escuela y sale a ganarse la vida con la esperanza intacta.

Es la maestra que sigue enseñando, aunque no tenga suficientes materiales.

El agricultor que riega sus plantas sin saber quién va ganando en las encuestas.

El médico que atiende con ternura a quien piensa distinto.

El taxista que conversa sin insultar, y el panadero que amasa la esperanza sin subirle el precio a la harina.

Ellos —nosotros— somos la Costa Rica que sostiene al país mientras otros lo despedazan con palabras. Y lo hacemos sin ruido, sin hashtags, sin cámaras.

Porque el amor por esta tierra no siempre se grita: a veces se demuestra trabajando, cuidando, sirviendo, y respetando.

En medio de tanto ruido político, mediático y emocional, me conmueve pensar que ese país invisible sigue ahí, respirando por todos nosotros.

Un país que no se rinde, que no odia, que no está obsesionado con ganar una discusión, sino con llegar a fin de mes, criar con valores y dormir tranquilo sabiendo que actuó con decencia.

Ojalá los políticos, los líderes y los que hoy aspiran a gobernar, recordaran que la verdadera fuerza de Costa Rica no está en los discursos, sino en su gente común.

En esa señora que vende empanadas, en el enfermero que sonríe a pesar del cansancio, en el guardia que cuida lo que otros olvidan.

Ahí está el alma del país.

Y mientras algunos se pelean por tener la última palabra, ellos —los invisibles— ya están haciendo lo que de verdad importa: mantener en pie a la Costa Rica que amamos.

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