Noche de faroles

Hay algo muy bonito ocurriendo alrededor de las faroleadas de este año. Se siente ilusión. Se siente entusiasmo. Hay personas preparando sus faroles desde hace días, familias pensando dónde reunirse, amigos poniéndose de acuerdo para encontrarse, niños esperando el momento de salir con esa pequeña luz entre las manos y muchos adultos que, aunque quizá no lo digamos, también sentimos esa emoción de volver a encontrarnos con una tradición que forma parte de nuestra memoria y de nuestra manera de querer a Costa Rica.

Algunos iremos felices, otros emocionados, otros tal vez con un poquito de nervios por la cantidad de gente, por el ambiente que ha vivido el país durante los últimos meses o simplemente porque queremos que todo salga bien. Pero creo que podemos llegar con una decisión sencilla: ir con el corazón dispuesto. Con ganas de celebrar, de festejarle a la patria, de encontrarnos con amigos, de saludar a quienes conocemos y también de sonreírle a alguien que quizá nunca hemos visto antes. Una faroleada puede ser justamente eso: miles de pequeñas luces caminando juntas, pero también miles de personas recordando que compartimos una misma casa.

No hace falta que todos pensemos igual para caminar juntos una noche. No hace falta preguntar de qué lado está alguien para saludarlo, para admirar el farol de un niño o para detenernos unos segundos a escuchar una canción patriótica. Hay momentos en los que Costa Rica puede recordarnos que es mucho más grande que nuestras diferencias. Y quizás esta sea una buena oportunidad para hacerlo.

También depende mucho de nosotros el ambiente que encontremos. Podemos llevar serenidad. Podemos no responder una provocación, si apareciera alguna. Podemos alejarnos de una discusión que no vale la pena. Podemos cuidar a los niños, a los adultos mayores y a quienes vayan con nosotros. Podemos estar atentos unos a otros, saber por dónde regresaremos, mantenernos cerca de nuestra familia o nuestro grupo y disfrutar sin perder esa prudencia sencilla que siempre es buena compañera cuando hay mucha gente reunida.

Y si en algún momento notamos algo que nos incomoda, algún incidente pequeño, alguna discusión o un ambiente que deje de parecernos agradable, tampoco tenemos que demostrar nada. Podemos simplemente tomar nuestro farol, buscar nuestro camino de regreso y volver a casa tranquilos. Cuidarnos también es querer a quienes nos acompañan. La prudencia nunca le ha quitado valentía a nadie.

Pero ojalá que no tengamos que pensar demasiado en eso. Ojalá que la noche sea exactamente lo que tantos estamos imaginando: faroles encendidos, familias caminando, banderas, niños felices, canciones, fotografías, encuentros inesperados y esa sensación tan particular de pertenecer a un país pequeño que, a pesar de todo lo que discute, todavía sabe reunirse alrededor de una luz.

Vayamos confiados. Vayamos serenos. Vayamos apaciguados. Llevemos un corazón abierto y una disposición amable. Saludemos. Conversemos. Hagamos espacio. Cedamos el paso. Cuidemos al que camina junto a nosotros. Si alguien piensa distinto, que esa noche no importe demasiado. Tenemos una razón mucho más grande para estar ahí: celebrar a Costa Rica.

Nuestros faroles llevarán una luz por dentro. Nosotros también podemos llevarla. Que esta faroleada nos encuentre alegres, prudentes y en paz. Que regresemos a casa sintiendo que vivimos una hermosa noche de septiembre y que, aunque fuera durante unas horas, recordamos lo bien que se siente encontrarnos como costarricenses.

Y que cuando apaguemos el farol al regresar, nos quede encendida la mejor de sus luces: la de haber celebrado juntos a nuestra patria.

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