El perdón que todavía no sé dar

Yo sé —y lo tengo muy claro— que el perdón es una práctica necesaria. Que perdonar libera, que sana, que evita que el odio nos consuma por dentro. He escrito sobre eso, lo he dicho, lo he practicado en otros momentos de mi vida. Sé que el perdón no es para el otro, es para uno. Hasta ahí, todo lo entiendo.

Lo que no sé, y lo digo con absoluta honestidad, es cómo voy a perdonar a quienes hoy están dándole una estocada a nuestra democracia. Cómo voy a perdonar a quienes están afectando, de manera consciente o inconsciente, la vida que hemos tenido en este país. La vida imperfecta, sí, pero libre. La vida con errores, sí, pero con instituciones que han servido de resguardo. La vida donde disentir no era un acto de valentía, sino un derecho.

Algunos lo hacen por ignorancia. Y duele, porque la ignorancia también mata proyectos colectivos. Otros lo hacen por resentimiento, por una rabia acumulada que busca un culpable más que una solución. Hay quienes lo hacen por machismo, porque necesitan un líder que grite lo que ellos no se atreven a decir. Algunos pocos, quiero creer, porque sinceramente creen que es lo correcto. Otros porque se dejaron lavar el cerebro. Otros porque se dejaron vender. Y otros —los más difíciles de mirar— porque obtienen ganancias secundarias, pequeñas o grandes, visibles o encubiertas.

¿Y cómo se perdona eso?

¿Cómo se perdona a quien, sin leer, sin informarse, sin detenerse a pensar, decide jugar ruleta rusa con el futuro de un país entero? ¿Cómo se perdona a quien confunde fuerza con violencia, liderazgo con abuso, verdad con consigna? ¿Cómo se perdona a quien no ve —o no quiere ver— que lo que está en juego no es un nombre, ni un partido, ni una elección más, sino las reglas mismas del juego democrático?

No hablo desde el odio. Hablo desde el dolor. Desde una tristeza profunda que se mezcla con incredulidad. Porque una cosa es equivocarse, y otra muy distinta es empujar, con entusiasmo, algo que puede ser irreversible. Hay errores que se corrigen en cuatro años. Hay otros que se pagan durante generaciones.

Me dicen que el perdón llegará con el tiempo. Tal vez. Me dicen que hay que entender las razones del otro. Lo intento. Me dicen que nadie actúa creyendo que hace el mal. Puede ser. Pero entender no es justificar. Y perdonar no puede ser sinónimo de normalizar.

Tal vez el perdón no sea hoy. Tal vez el perdón venga después de que pase la tormenta, después de que sepamos si el país resistió o no. Tal vez el perdón llegue cuando pueda mirar atrás y decir: lo intenté todo. Tal vez llegue cuando vea que quienes hoy juegan con la democracia entiendan, aunque sea tarde, el tamaño de lo que hicieron.

Por ahora, lo único que puedo hacer es no callar. Defender con palabras, con presencia, con conciencia. No desde la furia, sino desde la responsabilidad. No desde la venganza, sino desde el amor profundo a esta tierra.

El perdón, sí. Algún día.
Pero hoy, antes del perdón, viene el deber.
Y mi deber es no quedarme quieto mientras intentan romper lo que tantos cuidaron antes que nosotros.

1 comentario en “El perdón que todavía no sé dar”

  1. Cómo quisiera tener esa pluma y plasmar esos sentimientos de impotencia ante lo que está sucediendo en nuestro país, comparto estos escritos para hacer conciencia de lo que podemos perder, nuestra democracia. Gracias Vinicio.

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