Mi hermano Norman nació el 9 de enero de 1969 y se fue al cielo en 2018, a los 49 años. Fue mi segunda mitad. Mi compañero de vida. Vivimos juntos toda su vida. Yo lo cuidé todo lo que pude, y él me cuidó todo lo que pudo… y más.
Compartíamos algo muy difícil de explicar: un mismo disco de memoria. Como si entre los dos hubiéramos repartido recuerdos, ideas, escenas, historias. Cuando él se fue, sentí que hubo cosas que no alcancé a guardar en mi parte. Y esas se perdieron para siempre, porque estaban en la suya.
Cuando Norman partió, yo ya era artista plástico. Pero entre todo lo que me heredó —sus herramientas, sus materiales, su forma de trabajar, su obsesión por hacer bien las cosas— también me dejó algo más profundo: su intención de crear belleza, su ética silenciosa, su deseo constante de ser una mejor persona. Y, sin proponérselo, me donó creatividad.
Pocas semanas después de su partida, me descubrí haciendo en el arte cosas que nunca había imaginado que podía hacer. Proyectos que jamás había intentado. Como si algo se hubiera desbloqueado. Como si él, desde otro lugar, hubiera soltado un candado.
Hoy no puedo evitar preguntarme qué sentiría Norman si estuviera aquí. Él, que era un amante profundo de la patria, de la democracia, del país como idea y como hogar. Qué pensaría si viera lo que está pasando. Pero me corrijo: no lo que todos le estamos haciendo al país, sino lo que algunos le están haciendo.
Algunos porque honestamente creen que es lo mejor, y quiero pensar que esos son los menos. Otros por resentimiento. Por identificación emocional. Por machismo. Por corrupción solapada. Por matonería. Porque alguien grita lo que ellos quisieran gritar y nunca se atrevieron. Y eso es lo que más duele reconocer: que hay quienes se sienten representados no por ideas, sino por el grito.
Para saciar esas pulsiones, están dispuestos a darle una estocada final a la democracia. A traicionar la patria en la que han vivido toda su vida. La misma patria que les permitió vivir como han vivido. Todo por jugarse un tiquete a lo desconocido, aun cuando el riesgo es evidente, aun cuando el precio puede ser la muerte del país tal como lo conocemos.
Eso, para mí, es imperdonable. No por odio, sino por responsabilidad histórica.
Yo estoy aquí. Al pie del cañón. Por Norman y por mí. Haciendo todo lo que está a mi alcance para cuidar la democracia y la Costa Rica que él conoció toda su vida… y que yo he conocido toda la mía.
Esto también es una forma de amor. Y de memoria.
Gracias.
