En mis artículos sobre los expresidentes de Costa Rica, muchas personas comentan:
“Qué tiempos aquellos, cuando los presidentes eran decentes.”
“Cuando eran respetables.”
“Cuando el país tenía líderes con valores.”
Y aunque entiendo esa nostalgia, creo que en este momento —y dejando por fuera al presidente Rodrigo Chaves, porque es difícil encontrar justificación alguna—, deberíamos trabajar más en nosotros que en la historia y en ellos.
Muchos expresidentes cometieron errores, tuvieron desaciertos, algunos grandes, otros humanos. Pero a mí, personalmente, me gusta pensar que hicieron lo que pudieron, con lo que tenían y en el contexto que les tocó vivir.
A veces los juicios populares sobre corrupción son solo cuentos de calle. Yo todavía confío en el Poder Judicial. Y si no hay condenas, prefiero creer que es porque no existieron pruebas suficientes, no porque hubo encubrimiento.
También elijo ignorar la narrativa del presidente actual, que se empeña en satanizar a todos los que estuvieron antes.
No porque los defienda, sino porque quiero estar en paz.
Porque pensar mal de todos no me da serenidad, ni cambia la historia, ni mejora el país.
Yo no gano nada creyendo que don Óscar Arias, Rafael Ángel Calderón o Miguel Ángel Rodríguez hicieron algo malo intencionalmente. No gano nada odiando.
Prefiero pensar que el sistema hizo su trabajo.
Y si no hay culpables, es porque no había por qué condenar.
Ese es mi ejercicio de paz.
De apaciguamiento interior.
Cada uno puede buscar la suya como quiera:
en la crítica, en la distancia o en la comprensión.
Pero al final, el único lugar donde realmente podemos construir democracia…
es dentro de nosotros mismos.
Lo que se oye en la calle son rumores. Historias repetidas mil veces, que ya no sabemos si nacieron de hechos o de emociones.
Pero, ¿qué pasaría si en lugar de repetir lo que escuchas, revisaras lo que realmente hicieron?
Si te detuvieras un momento a ver cómo, entre errores y aciertos, mantuvieron en pie el sistema educativo, la Caja, la democracia y la paz.
Entonces, tal vez, la balanza se inclinaría del lado positivo de una forma sorprendente.
Tomemos a don Óscar Arias, por ejemplo.
Algunos lo critican con ligereza, pero pocos recuerdan que luchó literalmente contra el mundo entero para lograr la pacificación de Centroamérica. Y lo logró.
Su premio Nobel de la Paz no fue un accidente. Fue un reconocimiento histórico.
Decir que “no se lo merecía” es ser mezquino con la historia y con los hechos.
He escuchado a gente insultarlo, como si la grandeza ajena ofendiera.
Pero hablamos de alguien con un Premio Príncipe de Asturias y 96 doctorados honoris causa.
Alguien que, siendo un costarricense común y corriente, es consultado por líderes de todo el mundo.
Una voz que sigue teniendo peso internacional, mientras muchos aquí solo lo miden por chismes de esquina.
Y si alguna vez tuvieras la oportunidad de sentarte a conversar con don Óscar, quizás descubrirías que estás frente a una de las mentes más lúcidas que ha dado este país.
Eso es, al menos, lo que yo creo.
Hablemos de Carlos Alvarado y de cómo manejó la pandemia, y cómo logramos salir adelante con la admiración del mundo, pero nos quejamos de haber quedado guardados en la casa, lo que no es cierto, porque en el viejo mundo no los dejaban salir a la calle, y aquí la prohibición era el uso de vehículos.
O de Laura Chinchilla, que podría ser un buen ejemplo, que al recibir el puesto en el Club de Madrid, alguien dijo: “¿qué tiene eso de importante, que le den un puesto en algo que nunca hemos escuchado?”, criticando a partir de su ignorancia o desconocimiento. Y otro dijo: “¡Qué raro que le dieran la presidencia!, ¿será que el Club de Madrid no tiene redes sociales?”, notoriamente para esta persona, la redes sociales son la fuente de información más confiable. Lo que me hace pensar que él se cree todo lo que sale ahí, lo que dicen, los chismes de esquina digital.
Por favor, que nadie confunda esto con partidismo. No soy liberacionista. No voto por partidos; voto por personas. He votado por Liberación, por el PAC y por el PUSC.
Hoy solo soy costarricense. Escritor. Y alguien que intenta mantener su ser apaciguado.
Tú decides cómo llevar el tuyo: en paz o en conflicto. Apaciguado o revuelto. La historia seguirá siendo la misma. La diferencia está en cómo la miras, y, por supuesto, como la vives en el hoy.