En estos días he visto a varias personas asumir —con una certeza casi religiosa— que ya saben exactamente por quién voy a votar en las elecciones del 2026. Algunos dicen que soy de tal partido, otros juran que soy de otro, y hay quienes me inventan afiliaciones que ni en mis peores pesadillas consideraría. Pero la verdad, la única verdad, es esta: no lo sé todavía.
Voy a contarte mi análisis, por si a alguien le sirve para aclarar algo del suyo.
En primer lugar, tengo absolutamente claro que mi voto no será para doña Laura Fernández, ni para ninguno de los pequeños partidos que forman parte del continuismo. Eso, para mí, está resuelto. No hay espacio para matices ahí.
En segundo lugar, de entre todos los demás candidatos, he seleccionado a tres. Tres personas que considero viables, coherentes, y a quienes les veo posibilidades reales de gobernar sin destruir el país. A esos tres voy a seguirles la pista: escucharé sus discursos, estudiaré sus propuestas, evaluaré su carácter, su liderazgo, su forma de manejar la presión y su capacidad de convocar. Me quedaré con ese trío, sin marearme con ruido externo.
Cuando lleguen las encuestas serias —las oficiales, no las que fabrica el continuismo con globos de helio— tomaré una decisión estratégica entre esos tres. Y lo subrayo: estratégica.
Porque aquí viene un punto crucial.
En otras elecciones, mi voto ha sido más emocional: voté por el candidato que me encantaba, por el que me hacía ilusión, por el que me despertaba alegría y esperanza. Hice fiesta alrededor de algunos candidatos que, aunque no ganaron, representaban algo hermoso para mí.
Pero estas elecciones no son para hacer fiesta.
Estas elecciones no son para elegir al soldado más lindo, más simpático o inspirador.
Estas elecciones son para elegir al soldado que puede ganar la batalla.
No podemos darnos el lujo de votar por “quien me cae bien”.
No podemos darnos el lujo de votar por “quien quisiera que ganara en un mundo ideal”.
No podemos darnos el lujo de dividirnos entre veinte micro proyectos mientras el continuismo va por la libre.
Estas elecciones requieren estrategia.
Supongamos que hay diez candidatos:
El número uno es doña Laura. Queda descartada.
Los números dos, tres y cuatro pertenecen al continuismo. También descartados.
Eso deja a los candidatos cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez.
De esos seis, eliminaré tres según mi criterio, mi análisis, mi intuición y lo que yo considere más sensato. Me quedaré con tres. Y entre esos tres, cuando los datos oficiales lo permitan, votaré por quien realmente pueda darle la lucha a doña Laura Fernández.
Ojalá ganando en primera ronda.
Y si no, ganando en segunda.
Esta vez no podemos votar con el corazón solamente.
Esta vez hay que votar con el corazón y con la cabeza.
Porque lo que está en juego no es un partido político.
Es Costa Rica.
Y Costa Rica necesita estrategia, no impulsos.