
Luego de escuchar las palabras de la señora Presidenta de la República en una entrevista reciente sobre las relaciones entre Costa Rica y Nicaragua, leí también las reflexiones del expresidente Luis Guillermo Solís sobre el mismo tema. Debo decir que comparto buena parte de sus preocupaciones. Y no porque se trate de una figura política determinada, ni porque coincida necesariamente con todas sus posiciones. Lo digo porque la discusión que plantea trasciende a las personas y nos obliga a reflexionar sobre algo mucho más importante: los principios que históricamente han orientado la política exterior costarricense y el papel que nuestro país ha decidido desempeñar ante el mundo.
El expresidente recuerda algo que difícilmente puede ser ignorado. Las denuncias sobre violaciones a los derechos humanos en Nicaragua no son simples opiniones ni interpretaciones partidarias. Durante años han sido señaladas por organismos internacionales, organizaciones independientes y múltiples instancias dedicadas precisamente a la observación y protección de los derechos humanos. Podemos discutir muchas cosas, pero resulta difícil sostener que se trata de una realidad desconocida o inexistente. Cuando se habla de Nicaragua, no estamos hablando únicamente de relaciones comerciales o diplomáticas. También estamos hablando de libertades, de persecuciones políticas, de exilios forzados y de situaciones que han sido documentadas por organismos internacionales durante largo tiempo.
También llama la atención la observación que realiza sobre las cifras relacionadas con la población nicaragüense que reside en Costa Rica. Más allá de cuál sea el porcentaje exacto, su reflexión apunta a algo que considero importante: cuando los temas involucran poblaciones migrantes, seres humanos y relaciones internacionales delicadas, las cifras deben manejarse con el mayor cuidado posible. Las palabras pronunciadas desde los más altos cargos públicos tienen consecuencias y terminan moldeando la percepción que la ciudadanía desarrolla sobre determinados grupos humanos. Por eso la precisión no es un lujo. Es una responsabilidad.
Sin embargo, para mí el punto más importante de la reflexión del expresidente no se encuentra en los números ni en los datos estadísticos. Se encuentra en una pregunta mucho más profunda relacionada con la identidad misma de Costa Rica. Durante décadas nuestro país construyó una reputación internacional basada en la defensa de los derechos humanos, el respeto al derecho internacional, la promoción de la democracia y la búsqueda de soluciones pacíficas para los conflictos. Esa posición no siempre fue cómoda. En ocasiones generó tensiones diplomáticas y en otras pudo representar costos políticos o económicos. Aun así, se mantuvo porque respondía a una convicción nacional que trascendía gobiernos y partidos políticos.
La pregunta que surge hoy es si esos principios continúan ocupando el mismo lugar dentro de nuestra política exterior o si están siendo desplazados por consideraciones más pragmáticas. No estoy diciendo que Costa Rica deba romper relaciones con países vecinos cada vez que existan diferencias. Tampoco estoy sugiriendo que la diplomacia deba convertirse en una confrontación permanente. Las relaciones entre Estados son complejas y requieren diálogo, cooperación y espacios de entendimiento. Pero existe una diferencia importante entre mantener relaciones diplomáticas y guardar silencio frente a situaciones que contradicen los valores que históricamente hemos defendido.
Durante mucho tiempo Costa Rica logró encontrar un equilibrio razonable entre ambas cosas. Supo dialogar cuando era necesario y también supo expresar preocupaciones cuando los derechos humanos o los principios democráticos parecían amenazados. Esa combinación fue precisamente la que permitió construir una imagen internacional respetada y coherente. Por eso considero valiosa la reflexión del expresidente. Porque no nos invita a discutir únicamente una declaración reciente ni una coyuntura específica. Nos invita a preguntarnos qué tipo de país queremos seguir siendo en el futuro.
¿Queremos una Costa Rica cuya voz se escuche cuando percibe injusticias? ¿Queremos una Costa Rica que mantenga una posición clara en favor de los derechos humanos independientemente de quién gobierne en otros países? ¿O preferimos una política exterior guiada principalmente por criterios de conveniencia política, económica o coyuntural? Son preguntas legítimas y necesarias. Y precisamente porque son importantes merecen ser debatidas con serenidad, sin fanatismos y sin convertirlas en una simple confrontación entre simpatías partidarias.
Desde Apacigua creemos que las diferencias políticas pueden y deben discutirse. Los gobiernos cambian. Los presidentes cambian. Las circunstancias cambian. Pero los principios que definen la identidad de una nación deberían tener una vocación de permanencia mucho mayor que cualquier administración de turno. Quizá por eso las palabras del expresidente merecen ser escuchadas con atención. No porque provengan de un expresidente, sino porque nos recuerdan algo fundamental: una nación no solo se define por los acuerdos que firma o por los negocios que realiza. También se define por los valores que está dispuesta a defender cuando resulta más difícil hacerlo.