La neutralidad también incomoda

Hay personas que han decidido cerrar su mundo hasta convertirlo en un espacio pequeño, estrecho y vigilado por sus propios prejuicios. No observan para comprender, sino para confirmar aquello que ya decidieron creer. No preguntan, no analizan y no esperan una explicación. Les basta una fotografía, un saludo o una conversación para construir una sentencia completa sobre otra persona.

Si me ven en una fotografía con un diputado de determinado partido, automáticamente concluyen que pertenezco a ese partido. Algunos incluso sienten que eso les da permiso para insultarme, cuestionarme o descalificar todo lo que hago. Pero si al día siguiente aparezco conversando con un diputado de otra agrupación, los comentarios son igualmente hirientes. Entonces, según esa lógica, también pertenezco al otro partido. Y lo mismo ocurre si saludo a un expresidente, a otro expresidente, a un precandidato o a otro precandidato. Cada encuentro se convierte, ante los ojos de algunos, en una supuesta confesión política.

A veces me pregunto si su mundo será realmente tan reducido. Si su pensamiento estará tan limitado por el fanatismo que ya no pueden imaginar que una persona converse con alguien sin someterse a él, que escuche sin obedecer, que se acerque sin pertenecer y que comparta un espacio sin renunciar a su independencia. Parece que para algunos solo existen dos posibilidades: estar completamente con ellos o estar completamente contra ellos.

Pero la vida, la democracia y la construcción de un país son mucho más amplias que esa visión empobrecida.

La neutralidad no significa no tener valores, no tener opiniones o no saber distinguir entre lo correcto y lo incorrecto. Tampoco significa permanecer en silencio frente a los abusos, las injusticias o los peligros que amenazan la institucionalidad. La neutralidad que intento ejercer consiste en no entregar mi conciencia a ningún partido, a ningún liderazgo y a ninguna figura política. Consiste en conservar la libertad de conversar con todos, escuchar a todos, aprender de todos y también cuestionar a todos.

Cuando me acerco a una persona que ocupa un cargo público, no estoy necesariamente respaldando cada una de sus decisiones. Estoy conociendo, observando, preguntando, aprendiendo y tratando de comprender mejor el país en el que vivo. Estoy construyendo relaciones que pueden ser útiles para abrir conversaciones, presentar ideas, defender causas y promover encuentros. Estoy educándome en la realidad, no únicamente desde los discursos o las redes sociales, sino desde el contacto directo con quienes participan en la vida pública.

Construir patria requiere algo más que repetir consignas desde una acera. Requiere cruzar la calle, sentarse a conversar y aceptar que ninguna agrupación posee toda la verdad, así como ninguna persona representa por sí sola todo lo bueno o todo lo malo que existe en un país. Requiere escuchar incluso aquello que no nos gusta, porque solo así podemos entender la complejidad de los problemas y encontrar caminos posibles.

Sin embargo, para quien vive dentro del fanatismo, esta amplitud puede resultar amenazante. El fanático necesita dividir el mundo en buenos y malos, amigos y enemigos, fieles y traidores. Necesita sentir que su grupo representa todo lo correcto y que cualquier acercamiento al otro equivale a una traición. Por eso la neutralidad le molesta. Porque una persona neutral no puede ser controlada fácilmente, no repite automáticamente las consignas del grupo y no acepta que le indiquen a quién debe admirar, a quién debe rechazar o con quién tiene permitido conversar.

También puede existir algo más profundo detrás de los insultos. Tal vez haya miedo. Miedo de descubrir que la realidad no es tan sencilla como se la contaron. Miedo de reconocer cualidades en alguien a quien aprendieron a odiar. Miedo de aceptar que la persona que defienden también puede equivocarse. Miedo de perder la identidad que construyeron alrededor de una bandera política, de un líder o de una comunidad digital que les dice qué pensar.

El problema es que, mientras creen estar defendiendo una causa, muchas veces van sembrando discordia, resentimiento y hasta odio dentro de su propio corazón. Terminan viviendo a la defensiva, buscando permanentemente enemigos y reaccionando con violencia ante cualquier imagen que desafíe sus conclusiones. Quizá piensan que están protegiendo al país, cuando en realidad están debilitando la convivencia que hace posible vivir juntos.

Una fotografía no es un pacto político. Un saludo no es una adhesión. Una conversación no es una renuncia a los propios principios. Incluso el respeto hacia una persona no significa aprobación absoluta de todo lo que piensa o representa. La madurez consiste precisamente en poder reconocer la dignidad del otro sin necesidad de coincidir con él.

Yo quiero poder conversar con personas de distintos partidos, ideologías y trayectorias. Quiero escuchar a quienes han gobernado, a quienes desean gobernar, a quienes legislan y a quienes cuestionan. Quiero aprender de sus aciertos y observar sus errores. Quiero analizar con libertad, sin convertirme en propiedad de nadie y sin permitir que otros definan mis convicciones a partir de una fotografía.

No estoy construyendo una militancia partidaria. Estoy intentando construir patria. Y construir patria significa tender puentes, ampliar la mirada y comprender que Costa Rica no pertenece a un solo partido, a un solo movimiento ni a una sola persona. Nos pertenece a todos, incluidos aquellos con quienes no estamos de acuerdo.

Quizá algunos seguirán insultando. Tal vez continuarán interpretando cada encuentro desde la estrechez de sus propias trincheras. Pero su incapacidad para comprender la neutralidad no convierte la neutralidad en falsedad. Solo demuestra cuánto necesitamos recuperar la capacidad de conversar sin odiarnos, de escuchar sin rendirnos y de acercarnos sin dejar de ser quienes somos.

La neutralidad consciente no es debilidad. Es libertad. Es la decisión de no entregar el pensamiento, la conciencia ni el corazón a ningún fanatismo. Es poder mirar a todas las aceras sin quedar atrapado para siempre en ninguna de ellas. Y, sobre todo, es recordar que la patria será siempre más grande que nuestras preferencias políticas.

Este texto también podría titularse “Una fotografía no es una militancia”, con un enfoque más directo para redes sociales.

Siguiendo esa lógica tan peculiar, si yo soy exactamente la persona con la que me tomo una fotografía, entonces vos también sos exactamente aquello con lo que te fotografiás. Así que, por aquella foto abrazando a Mickey Mouse en Disney, tendría que concluir que sos una rata. Suena ridículo, ¿verdad? Exactamente igual de ridículo que afirmar que una fotografía define las ideas, las convicciones o la militancia de una persona.

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