Queremos venganza

Eder Hernández propone rebajar el impuesto a los combustibles. Claudia Dobles propone ahorrar recursos reduciendo la cantidad de asesores. Pablo Rodríguez plantea sus propias ideas sobre distintos temas nacionales. Son propuestas que pueden gustar o no gustar. Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con ellas. Incluso podrían existir razones válidas para rechazarlas. Pero lo que debería discutirse son las ideas.

Sin embargo, cada vez con más frecuencia observo algo distinto. Algunas personas ya no escuchan la propuesta. Lo primero que hacen es identificar quién la dijo. Y una vez que saben quién es el autor, toman una posición automática. Si la persona les agrada, la propuesta debe ser buena. Si la persona les desagrada, la propuesta debe ser mala. El análisis termina antes de empezar.

Eso debería preocuparnos.

Porque los problemas del país no se resuelven evaluando simpatías personales. Se resuelven evaluando soluciones. Una democracia sana necesita ciudadanos capaces de analizar argumentos, no únicamente de defender banderas. Necesita personas que puedan reconocer una buena idea incluso cuando proviene de alguien por quien no sienten admiración.

Lo mismo ocurre en otros temas. Si mañana Laura Fernández propone eliminar o restringir derechos a las personas privadas de libertad, habrá quienes ni siquiera se detengan a pensar en las implicaciones jurídicas, humanas o sociales de la propuesta. Clavarán sus ojos en las cárceles, imaginarán a los delincuentes y sentirán satisfacción. No porque estén defendiendo la justicia, sino porque muchas veces lo que realmente están buscando es venganza.

Y la diferencia entre ambas cosas es enorme.

La justicia busca proteger a la sociedad y aplicar la ley. La venganza busca alimentar el enojo. La justicia tiene límites. La venganza nunca se conforma. La justicia pertenece a los tribunales. La venganza suele instalarse en el corazón de las personas.

Por eso me preocupa cuando dejamos de analizar las ideas y comenzamos a reaccionar únicamente desde la emoción, la simpatía política o el resentimiento. Porque en ese momento dejamos de actuar como ciudadanos y comenzamos a actuar como aficionados defendiendo un equipo.

Costa Rica necesita más reflexión y menos fanatismo. Más análisis y menos impulsos. Más ciudadanos dispuestos a preguntar si una propuesta es buena para el país, independientemente de quién la haya planteado.

Porque una mala idea no se vuelve buena porque la diga alguien que nos cae bien.

Y una buena idea no se vuelve mala porque la proponga alguien que nos cae mal.

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