
Vuelvo de vacaciones. Y mientras el avión se desliza sobre las nubes, miro por la ventanilla la Costa Rica que resplandece allá abajo: verde, húmeda, hermosa, “pacífica”. Lo pongo entre comillas porque, aunque no haya contiendas con otros países, hace tiempo dejó de ser tan pacífica como antes fue.
Durante el viaje, la gente me preguntaba por mi país. Me hablaban con admiración de nuestra democracia, de nuestra libertad, de nuestra historia. “El país más feliz del mundo”, decían con una sonrisa que me hacía sentir una punzada de culpa. Porque esa Costa Rica que ellos imaginan ya no existe. O al menos, no así.
No existe mientras tengamos un gobierno que se expresa con agresión, que confunde liderazgo con soberbia y fuerza con grito. No existe mientras se ataque a la prensa, a las instituciones, a cualquiera que piense diferente. No existe mientras los seguidores del gobierno repitan su tono y su manera de hablar, y conviertan el insulto en argumento.
Y yo, desde esta altura, siento que algo se me escapa entre las manos. Como si las nubes se llevaran la esencia de lo que fuimos. Pienso en aquellas campañas donde la gente discutía con pasión pero sin odio; en las aceras con banderas distintas, en los carros pitando entre risas, no entre amenazas. Pienso en los debates que eran conversaciones, no guerras.
Extraño esa Costa Rica.
Esa que creía en la decencia, en la palabra, en la paz interior que se reflejaba en la forma de tratarnos.
Todavía estamos a tiempo, me digo mientras el avión empieza a descender. Todavía estamos a tiempo de volver a mirarnos con respeto, de hablar sin miedo, de recordar quiénes somos.
Yo no marcharé con banderas. No iré a gritar a Casa Presidencial. Mi bandera está en las palabras. Mi trinchera, en la reflexión.
Si tú también sentiste alguna vez que algo se está perdiendo, aunque no sepas cómo ayudar, te invito a usar mi voz como si fuera la tuya. Comparte mis textos si crees que pueden despertar algo. No por mí, sino por lo que representan: un intento de recuperar lo que fuimos, de mantener viva la conciencia, de no resignarnos.
Porque lo que está en riesgo no es solo la economía, ni las instituciones. Lo que está en riesgo es el alma de un país.
Y mientras el avión toca tierra, no puedo evitar sentir una tristeza profunda, como si regresara a un lugar que ya no me reconoce.