Una mañana en un lugar de paz

Fue un día realmente singular, especial, uno de esos en los que el tiempo parece detenerse. Mi actividad terminó alrededor de las 4:30 de la tarde, y cuando salí, un sentimiento profundo me acompañó, ese que pocas veces tengo en la vida. Pensé, casi de forma automática, que sobre eso tenía que escribir, que debía dejarlo plasmado, íntimo, algo solo para quienes estuvimos allí, para el espacio donde estuve, y para mí mismo. Pero, por un momento, preferí dejarlo solo como un recuerdo personal. Aunque me habían dado permiso para escribir sobre ello, algo dentro de mí me decía que no era necesario compartirlo, que era mejor dejarlo como un instante privado.

Sin embargo, más tarde, mientras caminaba por mi día, pensé en lo que representa todo esto. Pensé que, aunque no me considere político, la oportunidad de estar en los espacios que frecuento —como la sala constitucional, el Tribunal Supremo de Elecciones, las reuniones con candidatos, vicepresidentes— no es solo gracias a mi trabajo o a mis esfuerzos personales. Es, sobre todo, gracias a ustedes. A todos ustedes que me siguen, que están ahí, que me apoyan, que confían en lo que hago.

Es fácil olvidarlo a veces, pero las puertas que se me abren no son solo para mí. Si no fuera por el respaldo de ustedes, no estaría en esos lugares. Es gracias a su acompañamiento, a la comunidad que hemos formado juntos, que todo esto se vuelve posible. Me he dado cuenta de que, al final del día, si ustedes son mis jefes, si ustedes me mantienen en pie, lo justo es compartir con ustedes lo que me ha tocado vivir, lo que ha sido este día tan singular. Es mi manera de agradecerles, de cumplir con mi parte del trato.

Así que aquí estoy, abriendo una puerta más, compartiendo con ustedes este pedazo de mi vida que, aunque podría haber sido solo mío, hoy les pertenece también a ustedes.

Hace algunos días, antes de que estallara todo el escándalo relacionado con la niña de don Álvaro y doña Cristie Castro, habíamos recibido una invitación para conocer al candidato y a su esposa. La invitación había sido extendida a Ana María, mi amiga que me acompaña en muchos procesos de desarrollo personal, y a mí. Era para este sábado a las 10 de la mañana en la casa de los Ramos Castro. Sin embargo, a medida que los acontecimientos en las redes sociales fueron tomando fuerza y los juicios sobre la niña, la familia y la política comenzaron a intensificarse, me temí que la cita pudiera ser cancelada. Pero, sorprendentemente, no lo fue. Todo siguió en pie.

Así que, a las 10 de la mañana, Ana María y yo estacionamos en el garaje de la casa de Álvaro y Cristie, donde fuimos recibidos por ella. Fue un momento realmente interesante, entrar en esa hermosa casa que, aunque no rebosaba de lujos, estaba llena de algo mucho más importante: amor. Había una sensación en el aire, una calidez, que solo un hogar lleno de cariño puede ofrecer. Y fue realmente emocionante ser recibido con tanto amor, simpatía y sinceridad por Cristie, mientras, a lo lejos, podía ver a don Álvaro Ramos haciendo algunas cosas en la cocina, sin haberme saludado aún.

En ese momento, me preguntaba, ¿estaré en la casa del próximo presidente de la República? Lo pensé en silencio, como cuando he estado en la casa de otros candidatos o cuando he hablado con algunos de ellos, no con ninguna intención partidista, sino con una simple honestidad y curiosidad. ¿Estaré siendo recibido por la mujer que podría ser nuestra próxima primera dama? Recordé aquel momento en que hablé con doña Cristina de Hidalgo, mientras le obsequiaba una acuarela, y me preguntaba si la pondría o no en la casa presidencial si su esposo llegaba a ser presidente. El peso de esos pensamientos se mezclaba con la calidez de la recepción, y todo se volvía, al mismo tiempo, personal y significativo.

Nos habían dispuesto la mesa en el antecomedor, justo al lado de la cocina, para nosotros. Aunque, por cortesía, ofrecieron que podríamos estar más cómodos en el comedor principal, elegimos quedarnos en ese espacio más cercano y familiar. El antecomedor ya era perfecto. La niña menor ya estaba sentada, disfrutando de un cereal y haciendo algunas intervenciones encantadoras, llenas de la dulzura propia de su edad. A los pocos minutos, don Álvaro llegó, nos presentamos y lo saludamos, y pronto la niña mayor, la misma que aparece en el video que ya todos conocemos, también se unió a la conversación.

En cuestión de minutos, estábamos todos sentados a la mesa, inmersos en un ambiente tan único que, si no fuera escritor, probablemente no sabría cómo describirlo, pero igual voy a intentarlo. En la mesa, dos economistas brillantes, con una carrera llena de logros, nos contaban sus historias, sus recorridos, lo que pensaban del país, del mundo, de la política. Y las dos niñas, igualmente brillantes, cada una a su manera. Una con una capacidad indiscutible para comerse el mundo, con un futuro lleno de posibilidades que ni me atrevería a imaginar. Y la otra, no menos inteligente, pero con esa cualidad que a menudo se pasa por alto: ser el ancla que mantiene la familia conectada a la tierra, con los pies bien plantados.

Aunque pueda sonar un poco poético, incluso con un toque de romanticismo literario, es la mejor manera que tengo de describirlo. Si cerraba los ojos por un momento, mientras la conversación fluía, mientras veía a Cristie con su dulzura, y a Álvaro sonriendo, contando historias y riéndose con los ojos achinados, me preguntaba si realmente estaba allí, disfrutando de un momento único. Pero si entrecerraba los ojos, podía ver mucho más: un ambiente genuino de honestidad, de naturalidad, de calidez, pero también de una inteligencia palpable en el aire. De entre todo eso, dos palabras sobresalían: inteligencia y honestidad. Podía sentirlo, como un brillo en el aire, como si los cuatro intelectos en la mesa estuvieran iluminando el lugar de una manera que nunca había experimentado.

La niña mayor, en momentos, hablaba de un tema u otro, pero no se le podía interrumpir. Había una soltura, una autoridad y una claridad en su expresión que te dejaba sin palabras, que te llevaba a escuchar con atención. Y me preguntaba, mientras la escuchaba, cómo en las redes sociales algunos se atrevían a juzgar, a decir que la habían preparado, que la habían enseñado de alguna manera. Si alguien supiera realmente el coeficiente intelectual de esa niña, si alguien conociera su manera de expresarse, se sorprendería. Yo, al menos, en este momento, estoy rumiando la sensación de todo el día, maravillado y profundamente impresionado por lo que acabo de vivir.

Los temas en la mesa iban y venían, y mientras Ana María y yo disfrutábamos ese momento, me atrevo a decir que era casi mágico. Las historias fluían sin cesar, con tanto que aprender, tanto que compartir. Nada interrumpía esa conversación, todo se daba con tal naturalidad que se sentía como una danza silenciosa, donde las palabras eran los pasos que nos mantenían unidos. Entre Álvaro y Cristie, se encargaban de explicarnos, de detallarnos, de hacernos preguntas. Pero lo fascinante era la manera en que todo se movía en armonía, hasta que, de repente, alguna de las niñas hacía un pequeño sonido, un gesto, una palabra, y todo se detenía. Los padres, con una atención plena y un respeto absoluto, la miraban, esperaban que terminara lo que tenía que decir, y la escuchaban con toda la seriedad que merecía.

Era un respeto profundo, sin prisas, como si cada momento que se compartía en esa mesa fuera único, importante. Y, mientras observaba todo esto, sentía cómo esa energía de respeto y amor se extendía por la habitación, por la casa, que parecía fusionarse con la naturaleza que la rodeaba. Cuatro personas conviviendo en un espacio mágico, donde todo tenía un propósito, donde todo estaba conectado. En ese ambiente, no había lugar para la superficialidad, solo para la honestidad de lo que se pensaba, de lo que se sentía. Era un espacio único, donde la calma y la inteligencia se daban la mano de manera tan natural que parecía una obra de arte. Y todo eso estaba sucediendo en una casa rodeada de naturaleza, un lugar que, por su simpleza y calidez, se convirtió en el escenario de algo más grande que cualquier conversación o historia que pudiera contarse.

Siempre he creído que las amistades no deberían medirse por la cantidad de veces que nos vemos o nos encontramos. Los amigos deberían preguntarse, de manera casi formal, “¿Quieres ser mi amigo?” y que el otro tenga la oportunidad de responder, de crear esa relación casi en modo romántico, si me permiten el término. Muchas veces intenté decírselo a Álvaro y a Cristie: “¿Quieren ser mis amigos?”, o quizás, más bien, pensaba en preguntarles si me permitían ser su amigo. Pero, al final, en medio de la conversación, en la calidez, en las confidencias, en escuchar cosas personales tan profundas que no me atrevería a repetir, llegué a la conclusión de que, sin decirlo explícitamente, ellos ya me estaban viendo como un amigo. Yo estaba allí, no como un extraño, no como un visitante, sino como un amigo. Estaba allí cumpliendo con lo que quiero para ellos, y también para el mundo. Pero hoy, especialmente, era para ellos, disfrutando de su compañía.

En un momento de la conversación, quiero dejar claro que le dije a don Álvaro: “Yo soy neutral de este lado de la barrera”. Como ya lo he mencionado en mis escritos, él asintió con comprensión. Le confesé que todavía no sabía por quién iba a votar. Mi voto, le dije, sería para el candidato que tuviera más posibilidades, el que hiciera la lucha en la contienda electoral. Y él sonrió. No lo hacía por mi voto. Él no necesitaba que votara por él. Lo que necesitaba era mi honestidad. Necesitaba mi solidaridad, mi confianza. Necesitaba disfrutar de ese desayuno como lo estábamos disfrutando. Álvaro no vive para un voto. Él vive por la gente. Se mueve por el amor, por lo que cree que tiene que hacer. Es una persona extraordinaria, si me permiten decirlo; y aunque por ahora es difícil leer a las niñas, es sencillo leer a Cristie y sus valores, que son la alfombra por la que camina.

El día continuó. Seguimos conversando. El desayuno duró horas. Después, nos trasladamos a otro lugar de la casa, y seguimos conversando. Finalmente, caminamos hacia la casa de la mamá de Álvaro, donde sus padres nos esperaban. Ana María y yo fuimos recibidos junto con Álvaro para almorzar. Fueron las cuatro y treinta de la tarde cuando comencé el regreso a mi casa. Y ahora, a las diez y quince del mismo día, me atrevo a escribir, porque siento que solo ahora estoy comenzando a entender realmente lo que viví y lo que sentí.

Amaría poder llevar a cada uno de ustedes, mis queridos seguidores, a conocer a esta familia, o al menos a esta pareja; y aunque suene extraño, hoy, sábado en la noche, quisiera que fuera anoche, para mañana volver a vivir la magia que hoy experimente.

Álvaro y Cristie, indistintamente de si llegarán a Zapote, creo profundamente que el mundo es un lugar mejor con ustedes y con sus niñas. Soy Vinicio Jarquín, apaciguando mi ser interior. Muchas gracias.

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