¿Vergüenza en el SICA?

¿Quién representa a Costa Rica?

Hay noticias que, más allá de la simpatía o antipatía que podamos sentir por una persona, obligan a detenerse y pensar en algo más profundo: ¿qué criterios estamos utilizando para representar al país? Recientemente se conoció la postulación de Gilberth Jiménez para optar por la Secretaría General del Sistema de Integración Centroamericana, el SICA. Según la información publicada, se trata de un puesto de altísimo nivel regional, con responsabilidades diplomáticas, políticas e institucionales que trascienden ampliamente las fronteras de Costa Rica. Y fue precisamente eso lo que me llamó la atención. No porque tenga algo personal contra don Gilberth. No lo tengo. Tampoco porque considere que una persona deba ser excluida de una oportunidad únicamente por su trayectoria política. El problema no es ese. La pregunta es otra: cuando Costa Rica propone a alguien para un cargo de esta naturaleza, ¿está enviando a la persona más preparada para esa función específica o está enviando a alguien por razones políticas?

Porque son dos cosas distintas. Y cuando uno observa la terna presentada, encuentra nombres con experiencia diplomática directa. Personas que han representado al país en embajadas, que conocen los protocolos internacionales y que han trabajado durante años dentro de estructuras diplomáticas. Frente a eso, surge una pregunta legítima: ¿qué elementos llevaron a que la principal apuesta costarricense fuera una persona cuya trayectoria pública ha estado vinculada principalmente a la política electoral nacional? No estoy afirmando que no pueda desempeñar el cargo. Tampoco estoy diciendo que carezca de méritos. Lo que estoy preguntando es si era la mejor carta disponible para una posición cuya naturaleza es eminentemente diplomática. Porque cuando una nación recomienda a alguien para representar sus intereses internacionales, la discusión deja de ser partidaria y se convierte en una cuestión de imagen país.

Y aquí es donde aparece una reflexión que me parece interesante. Durante los últimos tiempos, desde Apacigua hemos realizado actos simbólicos que, estrictamente hablando, no nos correspondían. Entregamos personalmente una carta al representante de China en Costa Rica expresando una disculpa ciudadana por situaciones que consideramos desafortunadas para la relación entre ambos países. También nos hemos disculpado públicamente con México y con Panamá. Lo hemos hecho sin atribuirnos una representación legal que no tenemos, pero sí intentando ejercer algo que sentimos necesario: una voz ciudadana que recuerde que Costa Rica es más grande que cualquier gobierno de turno. Porque los gobiernos pasan. Los partidos pasan. Las administraciones pasan. Pero las relaciones internacionales, la reputación del país y la imagen que proyectamos al mundo permanecen mucho más tiempo que quienes circunstancialmente ocupan el poder.

Precisamente por eso me preocupa cuando las decisiones internacionales parecen responder más a dinámicas políticas internas que a criterios de representación nacional. Porque después no es un partido político el que queda expuesto. Es Costa Rica. No es una administración la que se presenta ante la comunidad internacional. Es Costa Rica. No es un grupo de seguidores ni un movimiento electoral. Es Costa Rica. Y por eso me gustaría que cada vez que se propone un nombre para un puesto internacional de alto nivel, la pregunta principal fuera muy sencilla: ¿es esta la persona que mejor representa al país? No al gobierno. No al partido. No a una campaña. Al país. Porque la diferencia entre esas cosas puede parecer pequeña cuando se toma la decisión, pero suele volverse enorme cuando llega el momento de rendir cuentas ante el mundo.

Y honestamente, espero que la próxima vez que Apacigua sienta la necesidad de pedir disculpas a otros países por alguna decisión que percibimos desacertada, no sea ante los Estados miembros del SICA. Porque Costa Rica merece ser reconocida por la calidad, la experiencia y la preparación de las personas que propone para representarla internacionalmente, y no por las dudas que esas propuestas puedan generar. Al final, cuando un país habla ante el mundo, no habla únicamente a través de sus discursos. También habla a través de las personas que decide colocar en los espacios donde se construyen las relaciones internacionales, los acuerdos regionales y la imagen que proyectará hacia el futuro.

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