¿Y si ya no sé escribir de otra cosa?

Me acuerdo de hace algunos años, cuando tenía ganas de escribir y el problema era decidir sobre qué hacerlo. Me sentaba frente a una página en blanco y empezaban a desfilar posibilidades. Un cuento. Una novela. Una historia que me había ocurrido. Una reflexión sobre la vida. Un personaje imaginario. Un recuerdo de un viaje. Una conversación escuchada por casualidad en algún café. Las ideas aparecían como quien abre una ventana y deja entrar el aire.

Hoy ya no. Hoy siento que la política, la cívica y la ciudadanía han tomado posesión de mi tiempo, de mis pensamientos y, en buena medida, de mi escritura. Cuando encuentro un espacio para sentarme frente al teclado, casi siempre termino escribiendo sobre lo mismo. Sobre cómo llegamos hasta aquí. Sobre quiénes somos como sociedad. Sobre lo que estamos haciendo bien y sobre todo lo que estamos haciendo mal. Sobre la velocidad tan impresionante con la que hemos cambiado y sobre esa sensación incómoda de que el país que creíamos conocer ya no es exactamente el mismo.

Y lo más curioso es que no fue una sorpresa.

Durante cuatro años nos estuvimos preparando para esto. Durante cuatro años vimos señales, comportamientos, discursos, decisiones y transformaciones que anunciaban lo que estaba por venir. Sin embargo, cuando finalmente llegó, nos tomó desprevenidos. Tal vez porque una cosa es observar cómo se acerca una tormenta en el horizonte y otra muy distinta es sentir la lluvia golpeándote el rostro.

A veces me pregunto si no caímos en una especie de ilusión colectiva. La ilusión de creer que las cosas se corregirían solas. Que habría un momento de retorno automático. Que existiría algún límite invisible que impediría ciertos cambios. Pero los países no funcionan así. Las sociedades tampoco. Lo que se construye durante años sigue produciendo consecuencias durante años. Y lo que se deja crecer termina creciendo.

Por eso me invade una sensación extraña cuando pienso en el futuro. Porque así como los cuatro años anteriores se nos fueron entre discusiones, confrontaciones, divisiones y transformaciones profundas, me preocupa que estos cuatro que vienen también puedan escaparse entre los dedos. No porque sean idénticos. Probablemente no lo serán. Sino porque los problemas de fondo siguen ahí. Las heridas siguen ahí. Los resentimientos siguen ahí. Las fracturas siguen ahí.

Y mientras tanto, yo sigo escribiendo sobre eso.

A veces extraño al hombre que escribía cuentos. Al que inventaba personajes. Al que podía pasar horas imaginando historias imposibles. Al que encontraba belleza en una anécdota sencilla o en una conversación cotidiana. Pero también entiendo que cada etapa de la vida tiene su propia voz. Quizás esta es la mía por ahora. Quizás escribir sobre ciudadanía, democracia y convivencia es la forma que encontré de seguir contando historias. Porque al final eso es lo que hacemos: contar la historia de quiénes somos.

Lo que sí espero es que algún día podamos volver a hablar de otras cosas. No porque la ciudadanía deje de importar, sino porque deje de sentirse urgente. Que llegue el momento en que el país vuelva a permitirse conversar sobre arte, sobre sueños, sobre creatividad, sobre proyectos y sobre futuro sin que todo termine inevitablemente arrastrado hacia la política.

Tal vez ese día vuelva a escribir cuentos.

Y tal vez, cuando eso ocurra, será una señal de que Costa Rica también empezó a sanar.

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