La gente honesta también puede apoyar lo equivocado

En Costa Rica siempre ha habido personas que apoyan a un partido político incluso durante los momentos más oscuros de su historia. Sucedió con el Partido Liberación Nacional. Sucedió con el Partido Unidad Social Cristiana. Sucedió con el Partido Acción Ciudadana. Y sucede ahora con el Partido Pueblo Soberano. No es algo nuevo. Tampoco es exclusivo de un partido, de una ideología ni de una generación.

En todos los movimientos políticos existen personas que apoyan sin cuestionar, que defienden sin preguntar y que repiten argumentos sin detenerse a comprobarlos. Personas que justifican lo injustificable porque sienten que reconocer un error del partido sería reconocer un error propio. De esas personas hemos estado llenos siempre. Pero sería profundamente injusto concluir que todas ellas son corruptas, que tienen negocios escondidos o que reciben algún beneficio económico por sostener su posición.

Muchas veces no existe ningún negocio sucio. Lo que existe es identificación, esperanza, miedo, lealtad, resentimiento, cansancio o una profunda necesidad de creer. También existe algo todavía más sencillo: personas que se dejan llenar la cabeza de espuma. Discursos repetidos una y otra vez, frases fáciles, enemigos convenientemente escogidos, promesas de cambio, llamados permanentes a la indignación y explicaciones simples para problemas que, en realidad, son profundamente complejos. Cuando una narrativa se repite con suficiente fuerza, llega un momento en que algunas personas dejan de analizarla y comienzan simplemente a vivir dentro de ella.

No todos los seguidores son corruptos

¿De verdad podemos creer que todas las personas que apoyan al PPSO, aun frente a denuncias, cuestionamientos y señales que deberían preocuparnos, son corruptas o reciben alguna ganancia? Yo no lo creo. Creo que la inmensa mayoría son personas honestas. Personas que trabajan, que cuidan a sus familias, que pagan sus cuentas, que intentan salir adelante y que desean, igual que muchos otros costarricenses, vivir en un país mejor.

Probablemente algunas estén equivocadas. Probablemente otras no conozcan toda la información. Algunas habrán decidido no escucharla. Otras confiarán plenamente en la versión que reciben desde el oficialismo. Y muchas quizá todavía no se hayan detenido a pensar con profundidad en las consecuencias de lo que están apoyando. Pero estar equivocado no es lo mismo que ser corrupto. Creer una mentira no convierte automáticamente a una persona en mentirosa. Apoyar un proyecto perjudicial no significa necesariamente que alguien desee perjudicar al país.

La misma regla debe aplicarse a todos

También hay personas que aseguran que quienes siguen apoyando a los partidos tradicionales son corruptos, reciben privilegios o forman parte de alguna red de intereses. Esa afirmación es tan simplista como decir que todos los seguidores del gobierno actual tienen algo que ganar.

Si aceptáramos esa lógica, también podríamos afirmar que quienes apoyan al PPSO desean conscientemente el debilitamiento de las instituciones, la destrucción del equilibrio entre los poderes de la República o el deterioro sistemático de la democracia. Y yo tampoco creo que eso sea cierto.

Creo que muchas personas apoyan a un partido porque sinceramente confían en él. Porque creen que sus dirigentes harán las cosas bien. Porque están convencidas de que los ataques que reciben son injustos. Porque piensan que el país necesitaba un cambio. Porque están cansadas de los errores de quienes gobernaron antes. O porque encontraron en una figura política una respuesta emocional a muchos años de frustración.

Uno puede considerar que están equivocadas. Uno puede señalar las contradicciones, denunciar los abusos y advertir los peligros. Pero no por eso debe convertirlas automáticamente en enemigas del país.

Cuando la política se convierte en identidad

El problema aparece cuando dejamos de apoyar ideas y comenzamos a entregar nuestra identidad completa a un partido o a un líder. En ese momento, cualquier crítica se siente como una agresión personal. Si cuestionan al presidente, sentimos que nos cuestionan a nosotros. Si denuncian a nuestro partido, creemos que están atacando nuestra inteligencia. Si alguien presenta información incómoda, preferimos descalificar a quien la presenta antes que revisar nuestras propias creencias.

La política deja entonces de ser un espacio para construir el país y se convierte en una batalla para proteger el ego. Ya no importa si una decisión es buena o mala. Importa quién la tomó. Ya no importa si una denuncia es verdadera. Importa quién la formuló. Ya no importa si una institución está siendo debilitada. Importa si esa institución favorece o contradice a nuestro líder.

Y en ese punto todos corremos peligro. No solamente los seguidores del PPSO. También quienes apoyan al PLN, al PUSC, al PAC o a cualquier otra agrupación. La ceguera partidaria no tiene bandera exclusiva.

Defender sin destruir

Es posible apoyar a un partido y cuestionarlo. Es posible votar por una persona y exigirle cuentas. Es posible reconocer que un gobierno hizo algo bien sin sentirse obligado a justificar todo lo demás. También es posible haber defendido una posición durante meses y, después de conocer nueva información, cambiar de opinión. Eso no es debilidad. Eso es madurez.

Una democracia saludable no necesita seguidores que obedezcan. Necesita ciudadanos que piensen. Ciudadanos capaces de formular preguntas difíciles incluso a quienes admiran. Ciudadanos que no entreguen su conciencia a cambio de sentirse parte de un grupo. Ciudadanos que comprendan que ningún partido, ningún presidente y ningún dirigente político merece una lealtad superior a la que le debemos al país.

No son nuestros enemigos

Yo puedo estar profundamente en desacuerdo con quienes apoyan al PPSO. Puedo creer que no están viendo los riesgos. Puedo pensar que han aceptado explicaciones demasiado fáciles o que han preferido ignorar señales preocupantes. Pero no creo que la mayoría sean personas corruptas. Tampoco creo que quieran destruir Costa Rica.

Creo que muchas son personas honestas que confían en un proyecto en el que yo no confío. Personas que ven esperanza donde otros vemos peligro. Personas que interpretan los acontecimientos desde una historia distinta. Y justamente por eso debemos hablarles.

No insultarlas. No humillarlas. No tratarlas como personas inferiores. Hablarles con datos, con argumentos, con firmeza y también con respeto. Porque una persona que se siente atacada difícilmente escucha. Una persona que se siente despreciada se aferra todavía más a su posición. Y una persona que cree que queremos destruirla nunca aceptará revisar aquello que defiende. La tarea no consiste en derrotar a quienes piensan diferente. Consiste en invitarlos a pensar.

La responsabilidad de detenerse

Todos tenemos derecho a equivocarnos. Lo que no deberíamos hacer es negarnos permanentemente a revisar nuestras posiciones. Llega un momento en que cada ciudadano debe detenerse, observar lo que ocurre y preguntarse si sigue apoyando una idea porque todavía cree sinceramente que es la mejor opción o porque convirtió su lealtad política en una parte de su orgullo.

También vale la pena preguntarse si estamos defendiendo al país o simplemente defendiendo la necesidad de no aceptar que pudimos habernos equivocado.

Esas preguntas no son solamente para quienes apoyan al PPSO. Son para los liberacionistas. Para los socialcristianos. Para quienes apoyaron al PAC. Para quienes defienden al gobierno actual. Para quienes nos oponemos. Porque nadie está completamente libre de dejarse llenar la cabeza de espuma.

La diferencia comienza cuando tenemos el valor de limpiarla, mirar la realidad y volver a pensar por nosotros mismos. La gente honesta también puede apoyar lo equivocado. Y precisamente porque sigue siendo honesta, merece la oportunidad de detenerse, cuestionar y cambiar.

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