
Hay momentos en los que el voto deja de ser una decisión consciente y empieza a parecerse más a una reacción automática. No lo digo para descalificar a nadie, sino para invitar a una reflexión incómoda pero necesaria. Porque cuando una persona vota, no solo elige a alguien… también asume la responsabilidad de seguir pensando después de haber elegido. Y esa responsabilidad, para muchos, nunca llegó.
Porque no hubo análisis. Hubo repetición. Se adoptaron frases, posturas y defensas sin procesarlas. Se repitieron consignas como si fueran convicciones. Y lo que apareció no fue criterio propio, sino la necesidad urgente de sostener una decisión que nunca se examinó a fondo.
Ahí es donde el riesgo se vuelve más evidente. No en haber votado por alguien, sino en sentirse obligado a justificar todo lo que venga después, sin importar lo que sea. Cuando el voto no fue reflexionado, lo que sigue es un intento constante de validarlo. Y en ese proceso, los argumentos pierden solidez. Se vuelven circulares, emocionales, incapaces de sostenerse cuando se les exige lógica básica. No porque la persona sea incapaz de pensar, sino porque dejó de hacerlo en algún punto del camino.
Y entonces ocurre algo más inquietante: se empiezan a aceptar —públicamente— acciones y resultados que antes habrían generado rechazo inmediato. Cosas que antes incomodaban, ahora se justifican. Cosas que antes parecían inaceptables, ahora se defienden con fervor. La democracia, los derechos humanos, la institucionalidad… todo eso que alguna vez importó, se convierte en obstáculo o en pretexto del enemigo. No porque se haya llegado a esa conclusión por razonamiento propio, sino porque el líder lo dijo, y el líder no puede estar equivocado.
Porque eso es exactamente lo que caracteriza una dinámica de secta: la figura central es intocable. Cuestionarla no está permitido. No como regla escrita, sino como mecanismo emocional profundo. Si alguien señala una contradicción, no se responde con argumentos: se ataca al mensajero. Si la evidencia no favorece al líder, no se analiza: se descarta como fabricación, como conspiración, como ataque coordinado. La evidencia no les aplica porque, si les aplicara, tendrían que admitir algo que duele demasiado: que los utilizaron. Que creyeron. Que se equivocaron. Y eso, para quien construyó su identidad alrededor de esa decisión, se siente como una humillación inaceptable.
Pero hay algo más sofisticado en este fenómeno, y es la redefinición sistemática de conceptos. Poco a poco, las palabras empiezan a significar lo que el líder necesita que signifiquen. La justicia ya no es lo que imparten los tribunales independientes: es lo que él declara justo. La democracia ya no es el sistema de frenos y contrapesos: es la voluntad de su base. Lo institucional se vuelve sospechoso; lo que antes era garantía, ahora es obstáculo. Y quienes siguen creyendo en las definiciones originales son señalados como enemigos del pueblo, del cambio, del progreso. Así, sin que nadie lo note claramente, el lenguaje se vacía y se rellena con otro contenido.
Lo más complejo es que estas estructuras no suelen romperse desde afuera. No es la crítica externa lo que las desarma. Es el momento interno en que algo deja de encajar. Cuando la repetición ya no alcanza. Cuando la defensa automática empieza a sentirse vacía. Cuando demasiadas cosas no cuadran y ya no hay forma de ignorarlas todas al mismo tiempo.
Y ahí empieza el colapso. Porque las sectas no se destruyen solo desde afuera: se carcomen desde dentro. Los primeros en irse no son los convencidos tibios, sino los que estuvieron más cerca, los que vieron más, los que saben más. Y cuando se van, no se van en silencio. Se van con suficiente información acumulada, con suficiente rabia por haberse sentido usados, como para convertirse en los testigos más devastadores. Las hienas terminan comiéndose a Oskar. No se pueden criar cuervos sin que te saquen los ojos.
Y mientras eso ocurre, hay otros esperando en los márgenes. Los carroñeros. Los políticos que nunca creyeron en el líder pero fingieron creer porque era conveniente, que se acomodaron al poder y que ahora, cuando el declive se vuelve evidente, empiezan a reposicionarse. No para servir al país. Para quedarse con lo que quede. Son parte del mismo ecosistema de fondo: viven del cadáver, no del proyecto.
El problema nunca fue votar por alguien. El problema es dejar de pensar para no tener que revisar esa decisión. Porque cuando cuestionar se vuelve incómodo, cuando analizar pone en riesgo una identidad construida, es más fácil repetir que revisar. Y ahí el pensamiento deja de ser una herramienta y se convierte en una carga que se evita.
Ojalá ese momento de quiebre llegue a tiempo. No como ruptura violenta, sino como toma de conciencia. Porque al final, más allá de líderes, de sectas y de carroñeros, lo que define todo es esto: la capacidad de volver a pensar… incluso cuando eso implique cuestionarte a vos mismo.
Y si en algún momento algo de lo que leíste te incomodó, tal vez no tiene que ver con a quién iba dirigido… sino con lo que te hizo pensar.