
Por Vinicio Jarquín
Me pregunto algo que tal vez muchos también han pensado, pero pocos dicen en voz alta. ¿Por qué quienes querían el continuismo siguen peleando con tanta intensidad? ¿Por qué esa necesidad constante de discutir, de responder, de confrontar… incluso después de haber ganado una elección?
Porque, en teoría, ganaron. Hoy tienen el poder. Hoy tienen influencia. Hoy tienen dirección política. Y sin embargo, el tono no es de calma, no es de construcción, no es de seguridad. Es de pelea. De defensa permanente. De ataque constante.
Y ahí es donde aparece la duda.
Porque cuando alguien realmente siente que ganó, no necesita gritarlo todos los días. No necesita defender cada acción como si estuviera en riesgo. No necesita reaccionar con tanta intensidad ante cualquier cuestionamiento. Cuando alguien gana con claridad interna, lo que aparece es otra cosa: firmeza, sí… pero también tranquilidad.
Pero lo que estamos viendo —desde mi punto de vista— es distinto. Es una dinámica donde se sigue insultando, discutiendo, minimizando, señalando sin evidencia en algunos casos, y aceptando todo lo que venga sin mayor filtro, incluso cuando roza principios que, en otro momento, habrían sido defendidos con fuerza. Derechos que no son teóricos, que existen justamente para proteger a cualquier persona… incluso a quien hoy no los necesita.
Y entonces la pregunta vuelve.
¿No se han dado cuenta de que ganaron… o hay algo más profundo que no termina de cerrar?
Porque a veces el conflicto constante no viene de la fuerza… viene de la duda. De una incomodidad que no se nombra. De una sensación interna de que algo no está del todo bien, aunque hacia afuera se intente sostener lo contrario.
Yo estoy convencido de que, muy en el fondo, muchos saben que también perdieron. No de la misma forma, no en las urnas… pero sí en algo mucho más delicado: en sus propios valores. Porque cuando para sostener una decisión tenés que justificar lo que antes condenabas, cuando empezás a normalizar lo que antes te parecía inaceptable, cuando defendés lo que antes te habría indignado… no ganaste. Cediste. Y ceder en valores no es un detalle menor, es una pérdida silenciosa que pesa, aunque no siempre se reconozca en voz alta.
Pero nosotros, desde esta plataforma, algo ganamos. Apaciguamos nuestro ser interior en el proceso, y aunque los resultados electorales fueron desfavorables, estamos mucho más en paz que quienes creen haber ganado. Y entonces la pregunta cambia.
¿Entonces, qué ganaron? ¿El poder? ¿La posibilidad de imponer? ¿La tranquilidad? Porque cuando lo que se ve es enojo constante, reacción permanente y necesidad de justificar todo, cuesta llamarle victoria a eso. Y tal vez, muy en el fondo, eso también se siente.
Y en ese sentido, la diferencia es clara. Hay quienes pudieron haber perdido una elección sin comprometer lo que son, sin traicionarse, sin tener que torcer su criterio para encajar con una narrativa. Y hay quienes, aun ganando, han tenido que ir ajustando sus propios límites para sostener esa victoria.
Y tal vez por eso, aunque el resultado diga una cosa… la sensación interna cuenta otra.
Porque cuando los valores se negocian, la victoria deja de ser completa. Y cuando eso pasa, en el fondo… se sabe.