
A veces, frente a ciertas actitudes públicas, la reacción más común es restarles importancia. Minimizar. Decir que no pasa nada, que son gestos menores, que no definen el fondo. Se convierten en anécdotas, en comentarios de pasillo, en momentos que se repiten y se comparten, pero que intentamos colocar en un lugar pequeño para que no incomoden demasiado.
Y, sin embargo, hay algo que se mueve por debajo de esa aparente ligereza.
Porque cuando intentamos minimizar constantemente lo que vemos, también estamos tratando de sostener una idea: que todavía tenemos algún tipo de control sobre lo que ocurre. Que señalar, que comentar, que cuestionar, de alguna forma puede influir en el rumbo de las cosas. Que el país sigue siendo un espacio donde la crítica tiene un peso suficiente como para generar cambios. Pero no siempre es así.
Hay momentos en los que lo que ocurre parece seguir su propio curso, independientemente de la reacción que provoque. Donde las decisiones, los gestos, las formas, continúan avanzando con lógica propia, con respaldo propio, con un grupo que las valida y las sostiene. Y entonces aparece una sensación incómoda, difícil de aceptar: la de no estar incidiendo como se creía.
No es una conclusión absoluta. Es una percepción que vale la pena observar.
Porque en ese contraste entre lo que pensamos que ocurre y lo que realmente ocurre, se abre una pregunta más profunda. No sobre una persona en particular, ni sobre un momento específico, sino sobre la forma en que entendemos el poder y nuestra relación con él. ¿Hasta dónde llega la crítica? ¿En qué momento deja de ser influyente y se convierte solo en expresión? ¿Qué parte nos corresponde realmente como ciudadanos, más allá de opinar?
Tal vez, en lugar de intentar reducir lo que incomoda, lo más honesto sea reconocerlo. Verlo con claridad. Sin exagerarlo, pero tampoco sin negarlo. Y desde ahí, elegir cómo posicionarse. No desde la frustración, sino desde la conciencia.
Porque aunque a veces parezca que no hay control, sí hay algo que sigue estando en manos de cada persona.
La forma en que decide mirar. La forma en que decide participar. La forma en que decide mantenerse presente, sin dejarse arrastrar por la sensación de que nada cambia. Respirá un momento.
Y en lugar de quedarte en la reacción, volvé a ese espacio interno donde todavía podés elegir cómo responder a lo que estás viendo.
Ahí, incluso en medio de la incertidumbre, también hay una forma de recuperar el equilibrio.