El ruido y el silencio: ¿podemos volver a escucharnos como país?

Vivimos en un país que alguna vez fue sinónimo de calma. Un país que resolvía sus diferencias en la mesa de la cocina, en el café de media tarde, en las conversaciones que duraban más que las discusiones. Pero hoy, pareciera que el ruido se ha adueñado de todo. No solo del tránsito o de los parlantes que gritan promesas de campaña: también del alma colectiva. Hay tanto ruido en las redes, en los medios, en los grupos de WhatsApp, que a veces uno siente que ya no hablamos para entendernos, sino para imponernos.

El ruido se ha vuelto nuestra nueva forma de defensa. Si alguien piensa distinto, levantamos la voz. Si algo nos duele, hacemos más ruido. Si no nos escuchan, gritamos más fuerte. Pero en medio de todo ese estruendo se nos olvidó lo más simple: cuando todos gritan, nadie escucha.

El silencio —ese espacio donde antes cabía la reflexión, la empatía y el respeto— parece haberse vuelto sospechoso. Hoy quien se queda callado es “cómplice”, quien piensa con calma es “tibio”, y quien duda es “enemigo”. Nos acostumbramos a confundir volumen con verdad, y eso es peligroso para cualquier democracia.

A veces imagino a Costa Rica como una persona que tiene los oídos saturados, el corazón agotado y la mente llena de ruido blanco. Un país que intenta pensar, pero no puede, porque el ruido no lo deja.

Y me pregunto: ¿podremos volver a escucharnos sin gritar? ¿Podremos recuperar esa forma tan nuestra de hablar bajito, con respeto, con pausa, con ternura incluso, sin que eso parezca debilidad?

Tal vez el primer paso no sea callar a los demás, sino apaciguar nuestro propio ruido interior. Porque el silencio no es ausencia de palabras, sino presencia de conciencia.

Solo cuando uno se calma por dentro puede escuchar de verdad lo que otro intenta decir.

Y quizás, si aprendemos de nuevo a escucharnos, Costa Rica vuelva a sonar como lo que siempre fue: una tierra de paz, diálogo y corazón sereno.

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