
Basado en un análisis de Gustavo Araya
Hay discusiones económicas que parecen hechas para que la mayoría de la gente no las entienda. Eurobonos, déficit fiscal, liquidez, vencimientos, deuda externa, recaudación. Palabras grandes para una pregunta bastante sencilla: ¿el Gobierno necesita realmente más dinero prestado y para qué lo necesita? Gustavo Araya planteó recientemente una reflexión que vale la pena traducir a palabras mucho más sencillas. El Gobierno está pidiendo autorización para colocar hasta $13.500 millones en eurobonos, es decir, para pedir dinero prestado en los mercados internacionales. El punto que Araya pone sobre la mesa es muy simple: si al mismo tiempo existen recursos públicos que todavía no se están ejecutando, entonces resulta razonable preguntar por qué se habla de una urgencia tan grande para conseguir todavía más dinero.
Pensemos como un niño de diez años. Juan tiene ₡10.000 guardados en una gaveta y llega donde su mamá a decirle que necesita que le preste ₡20.000 urgentemente para comprar materiales de la escuela. La mamá probablemente le preguntaría: “¿Y los ₡10.000 que ya tenés?” Eso no significa necesariamente que Juan esté mintiendo. Tal vez ese dinero está reservado para otra cosa, tal vez no puede utilizarlo, tal vez necesita mucho más de lo que tiene. Pero antes de prestarle más, la pregunta tiene todo el sentido del mundo. Con los eurobonos ocurre algo parecido: antes de autorizar miles de millones de dólares en nueva deuda, cualquier ciudadano tiene derecho a preguntar cuánto dinero hace falta realmente, para qué se utilizará y qué pasó con los recursos que ya estaban disponibles.
También hay que entender algo fundamental: los eurobonos no son dinero regalado. Son deuda. Costa Rica sale a los mercados internacionales, recibe dinero prestado y luego debe devolverlo pagando intereses. Eso puede ser conveniente si permite sustituir deuda cara por deuda más barata, ordenar vencimientos o reducir presiones financieras. El problema aparece cuando confundimos conseguir mejores condiciones para endeudarnos con resolver los problemas fiscales del país. Una cosa puede ayudar, pero no necesariamente arregla la causa del problema.
Imaginemos ahora una familia que gana ₡800.000 al mes, pero gasta ₡900.000. Cada mes le faltan ₡100.000. Un banco le presta ₡1 millón a una tasa relativamente buena y durante varios meses la familia logra pagar todas sus cuentas sin dificultad. ¿Se resolvió el problema? No. La familia sigue ganando ₡800.000 y gastando ₡900.000. El préstamo le dio aire, tiempo y quizá mejores condiciones, pero mientras no aumenten los ingresos o bajen los gastos, el hueco sigue existiendo. Ese es uno de los puntos centrales de esta discusión: endeudarse puede aliviar el problema, pero no necesariamente solucionar aquello que lo provoca.
Por eso la discusión sobre los eurobonos no debería reducirse a estar a favor o en contra. Las preguntas realmente importantes son otras: ¿cuánto dinero necesita Costa Rica?, ¿para qué lo necesita?, ¿por cuánto tiempo?, ¿qué controles existirán?, ¿por qué se solicita esa cantidad y no una menor?, ¿qué está haciendo el Gobierno para evitar que dentro de unos años tengamos exactamente el mismo problema? Preguntar eso no significa bloquear al Gobierno ni querer perjudicar al país. Significa ejercer control sobre una decisión que puede comprometer a varias generaciones de costarricenses.
Aquí aparece el elemento político que señala Gustavo Araya. Cuando un Gobierno presenta una decisión económica como una urgencia, la palabra urgencia también se convierte en una forma de presión. Es como decirle a la oposición: “Tenemos que decidir rápido; si ustedes no aprueban esto y algo sale mal, será responsabilidad de ustedes”. Así, si la oposición aprueba todo lo solicitado, el Gobierno obtiene el financiamiento que quiere; y si se opone, puede acusarla de haber bloqueado la solución. Pero existe una tercera alternativa que no deberíamos olvidar: aprobar solamente lo necesario, establecer condiciones, exigir controles y pedir explicaciones claras. Eso no es obstaculizar. Eso es fiscalizar.
Me parece valioso rescatar el análisis de Gustavo Araya precisamente porque detrás de todas esas palabras económicas existe una discusión que cualquier persona puede comprender. Cuando alguien nos pide una cantidad gigantesca de dinero prestado diciendo que es urgente, tenemos derecho a preguntar: ¿para qué?, ¿cuánto necesita de verdad?, ¿qué hizo con el dinero que ya tenía?, ¿cómo piensa devolverlo? y, sobre todo, ¿qué va a cambiar para que dentro de unos años no tengamos que pedir otro préstamo para tapar exactamente el mismo hueco?
Pedir prestado puede ser una herramienta financiera inteligente y, en determinadas circunstancias, hasta necesaria. Pero pedir prestado nunca debería convertirse en sustituto de ordenar la casa. Y tal vez eso sea lo más sencillo de entender de toda esta discusión.
Este artículo parte y simplifica planteamientos realizados por Gustavo Araya en su análisis sobre los eurobonos. La interpretación y la forma de explicarlos son responsabilidad del autor.
Vinicio Jarquín