
¡Hola, Sergio! Sé que quizá no te llamás así. En realidad, no sé cómo te llamás. Pero necesito hablarte directamente, llamarte de alguna manera y esperar que, al leerme, todavía quede dentro de vos algo capaz de reconocer el miedo de otra persona.
Esta tarde, en Cartago, según el relato que conocí, ibas en una motocicleta abriendo paso a la caravana que resguardaba a la señora presidenta. Intentaste que un carro se apartara. La conductora se puso nerviosa. Vos te bajaste de la moto, golpeaste con fuerza su carro y seguiste tu camino. Para cuando escribo esto, seguramente ya terminó tu turno. Podría llamarte “señor oficial”, pero hoy me cuesta hacerlo. Prefiero hablarte como le hablaría a cualquier hombre al que quisiera detener un momento y mirar a los ojos: ¡mae!, ¿qué te pasó? ¿En qué te convertiste durante esos segundos?
Lo que más me da vueltas en la cabeza no es únicamente lo que hiciste en la calle, sino lo que habrá pasado después, cuando llegaste a tu casa. Tal vez te esperaba tu pareja, tal vez tus hijos o tus papás. ¿Cómo les contaste lo ocurrido? ¿Como una demostración de valentía frente a una muchacha encerrada y asustada dentro de un carro? ¿O llegaste arrepentido, preguntándote en qué momento confundiste las instrucciones de tu trabajo con el permiso para intimidar? Si les contaste la historia, ¿qué te dijeron? ¿”Bien hecho, hijo mío”? ¿O “puchis, ¿qué hiciste?”?
Dichosamente, y esto no lo digo contra vos, la mujer a la que asustaste decidió reclamar. Según me han contado, presentó una denuncia. Espero que se investigue con seriedad, que se escuche a ambas partes y que se determine lo que corresponda. Porque un uniforme no puede convertir un golpe contra el carro de una ciudadana en un gesto sin consecuencias. Con tus acciones pareciera que hubieras llamado a las autoridades y les hubieras dicho: “Vengan a ver lo que hice”. Me recuerda a aquella mujer que, en las puertas de Casa Presidencial, desafió a quienes debían investigar sus actos. También llegaron por ella. Ojalá las instituciones atiendan ahora esta denuncia con la misma firmeza.
Quiero creer que nadie te ordenó olvidar tu entrenamiento ni tus valores. Quiero creer que nadie te dijo que le metieras terror a una mujer sola porque necesitabas despejarle la vía a una caravana presidencial. Ella vio a un policía y tendría que haber podido sentirse segura, incluso si estaba nerviosa y no sabía cómo reaccionar. En cambio, de ser los hechos como se relatan, puede que esa imagen la acompañe durante mucho tiempo. Y también puede cambiar algo en los que nos enteramos: la próxima vez que vea una motocicleta policial acercarse por detrás, quizá me pregunte si el oficial va de paso, si viene a ayudarme o si debo temerle. Eso me duele decirlo.
Eso hiciste hoy, Sergio, si el relato se confirma: lastimaste la confianza que tantas personas depositamos en un uniforme. Es posible que tus propios compañeros estén viendo lo ocurrido con tristeza o indignación. Muchos de ellos salen a trabajar cada día con la intención de servir y regresan sin haber abusado de nadie. También ellos merecen que se esclarezca lo que pasó, porque tendrán que seguir acercándose a conductores que ahora podrían mirarlos con miedo. No alcanzo a imaginar qué explicación válida podría justificar que golpearas así el vehículo de una persona asustada.
¿Qué te envalentonó? Me cuesta pensar que ingresaste a la policía con el deseo de infundir temor. Seguramente alguna vez quisiste servir y ayudar a la gente. Por eso me resulta tan duro ver, en lo que se relata de esta tarde, el comportamiento de un matón. En mi opinión, intimidar de esa manera a una mujer sola es una forma de agresión, aunque el golpe haya sido contra el carro. Yo no estuve ahí, pero te confieso algo que nunca hubiera querido escribir: hoy me das miedo. Y temo que ese miedo se extienda, injustamente, a otros hombres y mujeres que visten el mismo uniforme.
¿Quién te dijo que podías hacerlo? ¿Alguien te hizo creer que, por ir al frente de la escolta de la señora presidenta, tenías más autoridad que la que te da la ley? ¿O llegaste solito a esa conclusión? ¿Pensaste que el Estado de derecho podía hacerse a un lado por unos minutos, que el Poder Judicial te la dejaría pasar, que la muchacha no reclamaría, que tus compañeros te aplaudirían y que los demás costarricenses volveríamos a confiar como si nada hubiera ocurrido? ¿Fue al ponerte las botas, el casco y los lentes cuando se te nubló el juicio? ¡Caramba, Sergio, qué pelada!
Y al final te embarcaste solo. Si hay responsabilidades, tendrán que determinarse por tus actos, no por los de la persona que iba en otra motocicleta. Aunque, pensándolo bien, según lo que se ve y se cuenta, ibas solo. No tenías al lado a un compañero que te frenara y te dijera: “Así no”. Te quedaste solo con tu decisión, con una bravuconada que quiero creer que nadie te pidió y con esos segundos en que dejaste salir lo peor de vos.
También me inquieta que haya ocurrido frente a otros carros, otros ojos y posibles cámaras. ¿De verdad llegaste a creer que podías actuar así delante de todos? Tal vez estabas tan convencido de tu autoridad que ni tu voz interior logró detenerte. Y ahora, ¿quién te está viendo? Te verá la ciudadanía. Confío en que te verán quienes recibieron la denuncia. Quizá te estén viendo tus papás, tus hermanos, tu pareja, tus hijos y tus compañeros de trabajo. Pero hay una mirada de la que no podrás apartarte: la tuya, cuando estés frente al espejo. ¿Ves todavía a la persona que entró a la Fuerza Pública para servir? ¿O empezás a preguntarte si podrías salir de ella por la fuerza de tus propios actos?
¡Ay, Sergio! Lástima el trabajo, la carrera, el respeto y la trayectoria que podrías haber construido. Lástima la confianza de esa mujer. Y lástima también el daño que un solo golpe —o varios, si así ocurrió— puede hacerle a la imagen de tus compañeros. Yo quisiera seguir creyendo en ellos. Quisiera que ninguna persona tenga que sentir miedo cuando se le acerca un policía. Por eso espero que se investigue, que sepamos la verdad y que, si se comprueba lo denunciado, haya consecuencias. No sé si volverás a lucir esos lentes, ese casco y esas botas como parte de un uniforme oficial. Sí sé que un uniforme exige algo que hoy, según el relato que conocemos, no le ofreciste a esa mujer: respeto.