
Hay algo profundamente interesante cuando una diputada recién electa todavía habla desde la conciencia y no desde el libreto. Cuando las respuestas todavía no suenan a cálculo político, sino a alguien que está observando el edificio desde adentro mientras intenta no perder de vista el país que dejó afuera. Y eso fue precisamente lo que me transmitió Karen Alfaro desde el inicio de esta conversación.
Karen no describe su llegada a la Asamblea Legislativa como una conquista de poder, sino como un momento de conciencia. Habla de ilusión, sí, pero también de peso emocional y responsabilidad. Y curiosamente, el momento donde sintió con más claridad el peso del cargo no ocurrió dentro del plenario ni durante una votación solemne, sino en la calle, cuando personas comunes se le acercaban en supermercados, ferias y espacios cotidianos para decirle que tenían esperanza en el país.
Esa respuesta me pareció particularmente importante, porque toca algo que muchas veces se olvida cuando hablamos de política: el poder no comienza en el momento en que alguien toma asiento en una curul. El poder comienza mucho antes, cuando una persona recibe expectativas ajenas. Cuando alguien deposita confianza. Cuando alguien mira a otro ser humano y le dice, aunque sea indirectamente: “ojalá usted no nos falle”.
Y tal vez por eso una de las respuestas más interesantes de Karen no fue una respuesta política, sino casi filosófica. Cuando se le preguntó desde dónde siente que está tomando sus primeras decisiones, respondió que desde el corazón y desde lo que las personas comparten con ella. En tiempos donde la política suele sentirse excesivamente estratégica, encontrar a alguien hablando todavía desde la escucha humana resulta, al menos, llamativo.
También me llamó profundamente la atención algo que comentó sobre la Asamblea Legislativa y el paso del tiempo dentro de ella. Karen afirma que dentro del edificio “se pierde la noción del tiempo”, y que eso genera una distancia real con las comunidades. Esa frase merece detenerse un momento. Porque probablemente muchas personas afuera sienten exactamente eso: que el mundo legislativo funciona bajo otra velocidad, otra lógica y otro lenguaje. Y que, mientras el ciudadano vive urgencias inmediatas, el aparato institucional parece moverse dentro de un reloj distinto.
Pero lo valioso aquí no es solo que ella lo perciba, sino que lo diga. Porque reconocer una posible desconexión ya es, en sí mismo, una forma de mantener abierto un puente con la realidad.
Karen describe el ambiente legislativo actual como un período de transición y acomodo, donde cada quien intenta encontrar su lugar. Y probablemente eso también aplica emocionalmente. Los primeros días en política nacional deben parecerse un poco a entrar a una ciudad enorme donde todos aparentan saber exactamente hacia dónde caminan, aunque muchos todavía estén descubriéndolo.
Otra de las respuestas que más me interesó fue cuando habló sobre cómo las decisiones se toman realmente dentro de la Asamblea. Explicó que existe un proceso colectivo y analítico: discusiones en despachos, debates internos de fracción y posteriormente diálogo entre distintas bancadas. Y aunque para algunas personas eso podría sonar burocrático, también revela algo importante: que el sistema democrático costarricense todavía conserva espacios de deliberación institucional, incluso en medio de tensiones políticas.
Sin embargo, quizá el aspecto más humano de toda la conversación apareció cuando se le preguntó qué desea proteger de sí misma dentro de este entorno. Su respuesta no fue el prestigio, ni la imagen, ni el liderazgo. Respondió que desea cuidar su equilibrio físico, mental y espiritual. Y esa respuesta dice mucho más de lo que parece.
Porque el poder no solo transforma agendas. También desgasta identidades. Consume tiempo, relaciones, descanso y estabilidad emocional. Y posiblemente una de las grandes preguntas silenciosas de cualquier diputado nuevo no sea únicamente cómo cambiará el país… sino cuánto cambiará él mismo en el proceso.
Karen afirma que siente que tanto ella como el sistema están en transformación mutua. Que el entorno la interpela, pero que ella también espera interpelarlo a él, manteniendo su propio eje. Esa frase me pareció especialmente poderosa, porque toca uno de los grandes temas invisibles del poder: ¿hasta qué punto una persona logra entrar al sistema sin ser absorbida completamente por él?
No lo sabemos todavía. Es demasiado pronto. Apenas empiezan los primeros pasos de una nueva Asamblea Legislativa. Pero sí creo que hay algo valioso en registrar estos momentos iniciales, cuando las respuestas todavía conservan cierta frescura emocional, antes de que el tiempo político termine cubriéndolo todo de estrategia, defensa y cálculo.
Al final de esta conversación le pedí que describiera este momento en una sola frase personal, no política. Karen respondió con una palabra: conciencia. Conciencia de dónde está, de por qué está ahí, de lo que esperan de ella y de lo que ella misma se exige.
Y quizá, al menos por ahora, esa sea una buena manera de entrar al poder. No sintiéndose dueña de él, sino consciente de él.