
Leí con atención el artículo de Kevin Casas publicado en Delfino.cr y honestamente tengo que empezar diciendo algo simple: qué bonito está escrito. Más allá de estar de acuerdo o no con todas sus posiciones, hay personas que todavía saben escribir política sin convertirla en una pedrada emocional. Y eso, en tiempos donde todo parece redactado desde la rabia, ya tiene muchísimo valor.
Además, debo reconocer algo que me llamó particularmente la atención desde el inicio del texto. Kevin empieza diciendo que lo suyo no debe tomarse como “un consejo no solicitado”, porque eso sería presuntuoso de su parte. Pero conforme avanza el artículo, termina diciendo: “si he de hacer una sola sugerencia”. Y honestamente me sonreí un poco leyendo eso, porque al final sí era un consejo. Tal vez elegante, sofisticado y diplomáticamente envuelto… pero consejo al fin. Y no lo digo como crítica. Al contrario. Me parece hasta humano. A veces uno empieza intentando no parecer moralista y termina inevitablemente diciendo lo que siente que el país necesita escuchar.
Y hay algo más que me gustó muchísimo: la metáfora de “vaciar el agua sucia de la tina sin tirar al bebé”. Me parece brillante. Porque resume con enorme precisión el momento político que vive Costa Rica. Sí, hay instituciones desgastadas. Sí, hay estructuras lentas, injusticias, burocracias absurdas y un modelo que claramente venía acumulando fracturas importantes. Pero también es cierto que destruirlo todo por enojo o cansancio puede terminar llevándose por delante aquello valioso que todavía sostiene nuestra democracia. Aunque también tengo que decir algo con cierta ironía: a más de uno ya se le ha ido el bebé cuando bota el agua. Y quienes han provocado eso en Costa Rica saben perfectamente que me refiero a ellos.
Y ahí es donde el texto de Kevin se vuelve interesante. Porque, más allá de sus diferencias con el chavismo o con Laura Fernández, el artículo no se siente escrito desde el odio ni desde… el miedo. Y eso es importante decirlo. Porque hoy muchísimos discursos políticos en Costa Rica nacen precisamente de esos dos lugares emocionales: el resentimiento o el temor. En cambio, el texto de Casas transmite más bien una preocupación genuina por la polarización. Por la idea de que Costa Rica no necesita una refundación emocional permanente, sino acuerdos mínimos para seguir funcionando como sociedad. Y honestamente, eso conecta muchísimo con el espíritu de Apacigua.
Ahora bien, también tengo que ser completamente sincero: Kevin Casas es una figura compleja dentro de la memoria política costarricense. Y creo que sería ingenuo ignorarlo. Mucha gente todavía recuerda episodios del pasado que golpearon fuertemente su credibilidad pública. Yo incluido. Y cuando una figura pública pierde credibilidad, algo cambia para siempre en la forma en que uno la escucha. Ya no basta con que un texto sea inteligente o elegante; automáticamente aparece una pregunta silenciosa detrás de cada palabra: “¿habrá cambiado realmente?”
Y honestamente no lo sé.
No tengo cómo afirmarlo ni negarlo. No he tenido oportunidad de conversar con él personalmente, ni de observar en qué lugar emocional, humano o ético parece estar hoy su vida. Porque el tiempo cambia a las personas. A veces para mal. A veces profundamente para bien. Y quizá ahí está una de las cosas más interesantes de leer este artículo: pareciera escrito por alguien que, al menos intelectualmente, entiende los peligros de la polarización, del sectarismo y de la arrogancia política.
Tal vez siempre lo entendió. Tal vez lo aprendió después. Tal vez la vida se lo enseñó.
No lo sé.
Pero sí sé que el texto tiene momentos muy lúcidos, especialmente cuando insiste en que Costa Rica no necesita una Tercera República, sino soluciones concretas. Seguridad. Educación. Salud. Infraestructura. Menos guerra emocional y más capacidad de construir acuerdos. Y sinceramente creo que ahí tiene razón. Porque mientras el país se divide cada vez más entre bandos emocionales, la vida cotidiana de la gente sigue esperando respuestas básicas.
También me llamó la atención que el artículo no está escrito desde una superioridad académica insoportable, algo que a veces ocurre con ciertos intelectuales costarricenses. Aquí hay una intención evidente de tender puentes, de hablarle incluso a quienes piensan distinto. Y eso me parece valioso.
Claro, también hay algo irónico en todo esto. Porque Kevin Casas termina escribiendo casi un llamado nacional al diálogo, la reconciliación y la prudencia democrática… después de haber sido, para muchísimas personas, parte de etapas políticas del país que precisamente ayudaron a erosionar confianza y credibilidad institucional. Y quizás justamente por eso el artículo resulta tan interesante de leer. Porque uno no sabe si está leyendo solamente a un académico brillante… o a alguien que la vida obligó a replantearse muchas cosas.
Y honestamente, creo que ahí aparece la parte más humana de todo esto. Porque a veces las personas más interesantes no son las que nunca se equivocaron. Son las que tuvieron que vivir suficiente para entender el tamaño de sus propios errores.
Y termino preguntándome algo curioso. Tengo tantos años de no saber realmente de Kevin Casas, que no sé si esta aparición debería decirme algo… o si más bien era yo quien simplemente no había visto pasar sus artículos durante todo este tiempo. No lo sé.
Pero sí sé algo: Quiero saberlo. Kevin… llamame.