KiKa, mi KiKa… mi kikis puquis, mi hija amada.

A pesar de todo esto… estoy llorando por vos, mientras frente al escritorio y la computadora, intento apaciguar la patria, con los ojos nublados por las lágrimas; pero sin tregua, porque tenemos muy poco tiempo.

Hoy, un año después del arcoíris

Hoy se cumple un año desde que cruzaste el arcoíris, y aunque el calendario insiste en marcar fechas, yo sé que esto no es solo un aniversario. Es una memoria viva. Es una presencia que no se fue. Es el punto exacto donde nuestro amor cambió de forma, pero no de intensidad. Porque vos no te despediste: te integraste. Te volviste parte del silencio de la casa, del aire que respiro, de ese lugar invisible donde viven las cosas que ya no necesitan demostrarse para seguir existiendo.

Durante este año, el tiempo no te borró. Al contrario, te volvió más clara, más nítida, más esencial. El dolor no desapareció, pero dejó de empujar; ahora acompaña. Se sentó a la par, bajó la voz y aprendió a convivir con la gratitud. Porque cuando el amor fue verdadero, el duelo no es ausencia: es transformación. Es aprender a amarte sin cuerpo, sin rutina, sin patitas caminando por la casa, pero con una profundidad que antes no conocía.

Nunca fuiste una mascota. Fuiste hija. Fuiste maestra. Fuiste ancla. Fuiste hogar. Fuiste ese ser que me enseñó, sin palabras, a estar presente, a escuchar con el cuerpo entero, a entender que el amor no exige explicaciones ni promesas. Tu forma de mirar, de acompañar, de estar sin invadir y de retirarte sin irte del todo, dejó una huella que no se borra con el tiempo, porque no está hecha de recuerdos: está hecha de identidad.

Este año sin vos no fue vacío. Fue distinto. Cada espacio tuvo que reacomodarse, cada silencio tuvo que resignificarse, cada recuerdo tuvo que aprender a no doler igual. El duelo dejó de ser una herida abierta y se volvió un territorio íntimo, uno donde entro con respeto, donde lloro cuando hace falta y sonrío sin culpa cuando tu recuerdo trae luz. Porque sanar no es olvidarte. Sanar es recordarte sin sangrar.

El arcoíris nunca fue una partida. Fue un umbral. Un paso de lo visible a lo invisible, de lo tangible a lo eterno. Vos no te fuiste: cambiaste de lugar. Ahora vivís en los textos que escribo con más ternura, en la mirada distinta con la que veo a los animales, en la capacidad de acompañar a otros en su propio duelo sin minimizarlo, sin apurarlo, sin explicarlo. Vivís en la forma en que el amor se volvió más consciente, más humilde, más verdadero.

Y gracias… gracias por haberme acompañado, bajo el escritorio, mientras yo escribía tantos libros, y más que eso, gracias por darme la inspiración para escribirte un libro. Un libro que se ha vendido en más de doce países de habla hispana, para ayudar a refugios y hogares de perritos, y que hoy también se vende para apoyar la causa que está salvando a este país. Nada de eso existiría sin vos. Nada de eso tendría alma sin tu presencia silenciosa acompañándome mientras las palabras nacían.

Hoy, a un año, no necesito decirte adiós. Necesito decirte gracias. Gracias por haber llegado. Gracias por haber elegido quedarte. Gracias por haberte ido solo cuando ya me habías enseñado lo esencial. Gracias por dejar un legado que no se mide en años, sino en profundidad, y que sigue expandiéndose en formas que nunca imaginé.

Hoy no lloro porque te fuiste. Hoy te honro porque fuiste. Porque seguís siendo. Porque hay amores que no se apagan, solo bajan el volumen para quedarse a vivir adentro. Y hoy, más que nunca, lo sé: seguís acá, caminando conmigo, de otra manera, pero para siempre.

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