La patria que se entrega sin resistencia

Nadie hubiera imaginado que un costarricense —formado, criado y protegido en un país democrático, de libertades y de derechos— llegara a entregar la patria gratis. No después de luchas. No después de derrotas inevitables. Sino sin pelear. Sin cuestionar. Sin detenerse siquiera a pensar qué estaba cediendo.

No lo entiendo.

No entiendo cómo se puede entregar lo que durante toda una vida nos sostuvo. Cómo se puede regalar, por cansancio o por enojo, un país que nos permitió disentir, crecer, protestar y elegir. No fue una caída repentina. Fue un proceso. Una cadena de permisividades.

Vieron cómo empezaron a debilitarse las instituciones, y lo permitieron.

Vieron el ataque constante a los poderes de la República, y lo permitieron.

Vieron el cuestionamiento al Tribunal Supremo de Elecciones, y lo permitieron.

Nada ocurrió de golpe. Fue paso a paso. Ataque a ataque. Normalización tras normalización. Cada vez con una excusa distinta: resentimiento acumulado, deseo de revancha, dolor mal canalizado, hartazgo legítimo convertido en permiso para destruir.

Vieron cómo se atacaba a la Iglesia.

Cómo se señalaba a las emisoras de radio.

Cómo se despreciaba a los agricultores.

Y no solo lo permitieron. Algunos lo celebraron. Lo rieron. Lo aplaudieron. Como si destruir al otro fuera una forma válida de justicia.

Hoy ven cómo se ataca a la niñez, cómo se ponen en riesgo libertades básicas, cómo se relativizan los derechos de los niños. Y otra vez, algunos lo ríen. Otra vez, algunos lo aplauden. Como si no entendieran —o no quisieran entender— que cuando se erosiona un derecho, se abre la puerta para que todos los demás también caigan.

No hablo desde la superioridad moral. Hablo desde la perplejidad. Desde la tristeza lúcida de ver cómo un país puede empezar a perderse no por invasión externa, sino por renuncia interna. Por no levantarse. Por no decir “hasta aquí”.

Tal vez algún día perdonemos. Tal vez yo mismo perdone. Tal vez el país entero decida pasar la página, como tantas veces lo ha hecho. Pero hay algo que no se puede evitar: la historia no olvida los momentos en que una nación pudo defenderse y no lo hizo.

No para condenar eternamente, sino para aprender. Para recordar que la democracia no se pierde solo cuando alguien la quita, sino también cuando muchos deciden no sostenerla.

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