
Me encantaría saber en qué momento aprendiste —o aprendimos— a inclinarnos tan rápido hacia el juicio de culpabilidad, incluso cuando no hay pruebas. Porque no se trata solo de opinar, ni siquiera de analizar… se trata de algo más inmediato, más visceral. Apenas ocurre algo, ya hay una historia armada en la cabeza, un veredicto listo, una certeza que no pasó por ningún filtro más que la intuición apurada o la emoción del momento.
Pienso en lo ocurrido con la lancha que fue derribada, aparentemente en aguas territoriales costarricenses. Y lo primero que apareció, en muchas personas, no fue la duda, ni la pausa, ni la necesidad de entender… fue la sentencia. “Son culpables”, “son narcotraficantes”, “algo debían estar haciendo”. No hay pruebas públicas que lo confirmen, no se ha demostrado nada de forma concluyente, pero aun así, el juicio ya está hecho. Y no solo hecho… defendido con argumentos que nacen más de la suposición que de la información.
Y entonces empiezan a aparecer frases que suenan lógicas, pero que en el fondo son construcciones para sostener una idea previa. “¿Qué hacían ahí?”, “¿a esa hora?”, “por algo fue”. Como si la ausencia de explicación fuera suficiente para llenar el vacío con culpa. Como si no saber te diera permiso para inventar. Y eso, si lo miras con calma, dice más de cómo funcionas por dentro… que de lo que realmente ocurrió afuera.
Ahora bien, si te mueves al otro extremo, tampoco hay certezas. No hay pruebas de que fueran inocentes, no hay claridad total sobre lo sucedido, y eso también es cierto. Pero entonces aparece una pregunta incómoda… ¿por qué, ante la falta de información, te resulta más natural asumir culpabilidad que sostener la duda? ¿Por qué el vacío se llena más fácilmente con sospecha que con prudencia?
Podrías mirar el mismo hecho desde otro ángulo. Personas en una embarcación, en aguas navegables. Sin pruebas públicas de delito, sin confirmación de persecución judicial, sin claridad total sobre la legalidad de la intervención, y con la interrogante —si realmente estaban en territorio costarricense— de cómo y por qué se da una acción de ese tipo. Y aun así, ese enfoque incomoda más. Porque no da cierre. Porque no ofrece una historia clara. Porque te obliga a quedarte en un lugar que no controlas: la incertidumbre.
Y tal vez ahí está el punto.
No siempre necesitas tener razón… pero parece que sí necesitas tener una respuesta. Y cuando no la tienes, la construyes. Rápido. Sin evidencia. Sin pausa. Porque la duda incomoda… pero la certeza —aunque sea inventada— tranquiliza.
No estoy diciendo que sean inocentes. Tampoco estoy diciendo que sean culpables. Lo que estoy señalando es otra cosa… algo más profundo y cercano. Esa necesidad casi automática de inclinarte hacia el juicio, y curiosamente, hacia el más duro.
Tal vez, sin darte cuenta, hay algo dentro tuyo que se alimenta de eso. De tener claro quién está bien y quién está mal. De ubicarte en un lado. De sentir que entiendes el mundo, aunque sea a partir de piezas incompletas.
Y si te detienes un momento… no a mirar el caso, sino a mirarte a ti…
¿qué es lo que realmente estás buscando cuando decides tan rápido quién es culpable?