
Hay muchas cosas que hoy me dan vueltas por la cabeza. Tal vez sea por los acontecimientos recientes, tal vez por todo lo que está pasando al mismo tiempo. Algunas pertenecen a la historia y se pueden verificar; otras son cuentos de pulpería o rumores de Facebook. Pero hasta aquello que uno no sabe si creer puede golpearlo de frente y dejarlo pensando. Hoy me pasó eso mientras veía a quien representó a Costa Rica hablar ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Escuché el discurso y me quedé pensando en el lugar que ocupamos en esa sala. Según el orden de intervenciones que vi, Costa Rica apareció cerca del final de la jornada. Sé que la lista de oradores no es una clasificación de países, ni prueba por sí sola cuánto pesa una nación en el mundo. Aun así, me llevó a recordar el 23 de septiembre de 1987, cuando Óscar Arias, entonces presidente de Costa Rica, fue el primer orador de una sesión de la Asamblea General. Ese año recibiría el Premio Nobel de la Paz por su trabajo para alcanzar la paz en Centroamérica. Nuestro país tenía entonces una voz reconocible en una de las conversaciones más difíciles de su tiempo.
La paz centroamericana se buscó en medio de guerras civiles y de las tensiones de la Guerra Fría. Estados Unidos y la Unión Soviética tenían intereses en la región; los centroamericanos vivían las consecuencias. Arias no resolvió aquello solo: el acuerdo de paz fue firmado por cinco presidentes centroamericanos. Pero tuvo la determinación de proponer un camino propio y de insistir en él. Esa es la parte de la historia que hoy me resulta difícil dejar de mirar.
Y entonces aparece otra vuelta de la vida. La Unión Soviética de aquellos años ya no existe, pero Rusia invadió Ucrania a gran escala el 24 de febrero de 2022. Han pasado cuatro años y siete meses: más tiempo del que duró la Primera Guerra Mundial. Pienso en los años que lleva esa guerra, en las vidas que sigue cobrando y en lo difícil que resulta encontrar una salida cuando las potencias vuelven a medirse mientras otros ponen los muertos.
No sé si Rusia y Ucrania necesitan hoy «un Óscar Arias». Sería demasiado fácil tomar una historia que conocemos y creer que su solución puede trasladarse intacta a otra guerra. Pero sí me pregunto quiénes están dispuestos a hacer lo que exige la paz: sentarse, escuchar, proponer y sostener una negociación cuando todo alrededor empuja en sentido contrario. En 1987 Costa Rica ayudó a abrir ese camino en Centroamérica. Recordarlo no obliga a convertir el pasado en leyenda; obliga, más bien, a preguntarnos qué estamos haciendo con esa herencia.
Óscar Arias puede estar hoy tranquilo en su casa, leyendo y pensando, mientras el mundo sigue dándose manazos. Centroamérica vive en relativa paz, aunque sus problemas estén lejos de haberse terminado. Y yo miro a Costa Rica y siento que algo de aquello que nos hacía grandes se ha perdido, o tal vez se ha quedado congelado. No hablo de ser los primeros en una lista de discursos. Hablo de tener una voz propia, capaz de defender la democracia, las instituciones y la paz incluso cuando hacerlo es difícil.