Los que ya no están también nos miran

Escucho comentarios y veo publicaciones que preguntan:

“¿Qué país le quieres dejar a tus hijos? ¿A tus nietos?”

Y aunque entiendo la intención, no es eso lo que más me toca el alma. Yo pienso en mis sobrinos, en los hijos de mis sobrinos, en la Costa Rica que quizá no conocerán como yo la conocí: abierta, confiada, respetuosa, con instituciones firmes y un sentido de pertenencia que nos hacía sentir orgullosos.

Pero, aun así, no es ahí donde se me parte la voz.

A mí me golpea más pensar en los que ya no están.

Pienso en mi papá.

En cómo hubiera visto este momento que estamos viviendo.

En cuánto hubiera trabajado para defender la institucionalidad que él respetó toda su vida.

En cómo se habría sentado en su escritorio —ese escritorio donde tantas veces construyó país desde el silencio— para tratar de entender qué pasó, dónde nos torcimos, quién nos robó la serenidad nacional.

Y me pregunto cuánto habría luchado él para que la democracia no se nos deshaga entre las manos.

Pero sobre todo pienso en mi hermano.

Mi alma gemela.

Mi otro yo.

Ese con quien compartí un disco duro emocional durante toda nuestra vida.

Ese que completaba mis pensamientos antes de que yo los dijera, que sabía quién era yo incluso en mis contradicciones, que me sostenía sin tener que tocarme.

A veces me siento escribiendo y me pregunto:

¿Qué estaría haciendo él hoy?

¿Cómo se sentiría viendo este país peleado, dividido, insultado desde el poder?

¿Cuánto me pediría que hiciera para defender la Costa Rica que los dos amamos?

¿Cuánto me exigiría que trabajara por rescatarla?

Y ahí es donde yo me quiebro.

Ahí es donde lloro.

Ahí es donde el alma deja de sostenerse y simplemente se derrama.

Porque cuando pienso en él, en mi papá, en los que marcaron mi vida y construyeron el país que heredé… siento que les debo algo. Que les debemos algo. Que este país no se lo debemos solamente a los que vendrán, sino también —y quizás, sobre todo— a los que se fueron.

A los que nos enseñaron civismo con el ejemplo.

A los que creían en el diálogo sin cámaras enfrente.

A los que jamás habrían usado el poder para intimidar.

A los que defendieron este país con trabajo, no con gritos.

A los que se fueron creyendo que Costa Rica siempre sería un lugar seguro para sus hijos y sus nietos.

Hoy, mientras escribo esto, siento su ausencia como un peso y como un abrazo. Y me duele pensar que, de seguir así, se nos escape entre las manos la Costa Rica que ellos ayudaron a construir.

Por eso trabajo.

Por eso escribo.

Por eso me quiebro y continúo.

Porque si ya no están aquí para defender este país, entonces nos toca a nosotros honrarlos.

Nos toca sostener lo que ellos levantaron con tanto amor.

Nos toca que su esfuerzo no haya sido en vano.

Nos toca salvar la Costa Rica que ellos soñaron.

Y a mi abuelito, que tanto quise, le mando un mensaje:

haré mi mejor esfuerzo.

Él luchó en el 48, y yo lucho en el 25.

Cada uno con sus armas.

Probablemente él con presencia, con gritos, con fuerza, con coraje.

Y yo con papel, con lápiz, con teléfono, con computadora.

Pero estoy dando la lucha.

Son otros tiempos, pero sigo dando la lucha.

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