No lo entiendo

No lo entiendo. De verdad que no lo entiendo.

Nuestro peor enemigo, de alguna manera, somos nosotros mismos. La democracia no nos la están arrebatando a la fuerza: la estamos entregando. La estamos regalando. La estamos vendiendo gratis, caminando detrás de un flautista como si no viéramos el precipicio al final del camino.

No entiendo cómo no se ve la destrucción paulatina de la institucionalidad. Cómo no se percibe el desgaste de la democracia, el debilitamiento de las libertades, el riesgo para los derechos humanos, incluso para los derechos de los niños. No lo entiendo. No entiendo qué está pasando con una parte de los costarricenses.

Y hay algo todavía más inquietante: sé que este mensaje lo escribo, lo digo y lo repito para quienes ya lo entendieron. Porque quienes no lo han entendido probablemente no lo harán ahora. No por maldad, sino porque están contenidos en una burbuja. Una burbuja emocional donde no se cuestiona, no se analiza, no se contrasta. Donde se responde a consignas simples y a estímulos intensos sin detenerse a pensar qué se está entregando a cambio.

No es que no sientan. Es que les enseñaron a sentir en una sola dirección.

No entienden que están entregando la patria en la misma patria en la que han vivido toda su vida. Que están apostando por alguien nuevo no por su capacidad de construir, sino por su habilidad para gritar. Por alguien que no dialoga, que no propone puentes, que no edifica acuerdos. Por alguien que ofrece maíz, como quien alimenta pollitos, para mantener la fila caminando.

No lo entiendo. No entiendo cómo alguien puede ponerse de pie para regalar la casa en la que vive.

Pero también sé algo más. Hoy hay otros costarricenses que se ponen de pie por una razón distinta. No para gritar, sino para defender. Para decir basta. Para afirmar que el continuismo no es inevitable. Que la democracia no se negocia. Que las instituciones no se destruyen por capricho ni por resentimiento.

No se trata de venganza. No se trata de persecuciones ni de odios. Se trata de responsabilidad. En una democracia sana, quienes hayan actuado mal deben responder ante la ley, con debido proceso, con pruebas y con justicia. Eso no es revancha: es Estado de Derecho.

Lo que sí digo, con claridad y sin ambigüedades, es esto: no podemos normalizar la entrega del país. No podemos aplaudir la demolición de lo que nos ha protegido durante décadas. No podemos confundir fuerza con grito ni liderazgo con estridencia.

Tal vez no todos escuchen esto hoy. Tal vez algunos nunca lo hagan. Pero mientras haya quienes todavía piensen, cuestionen y cuiden lo que somos, Costa Rica no está perdida.

No lo entiendo…

pero no me rindo.

Porque entenderlo todo no es requisito para defender lo esencial. Y lo esencial —la democracia, la libertad, la institucionalidad— no se entrega. Se cuida. Incluso cuando duele. Incluso cuando incomoda.

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