
Escucho con frecuencia a personas decir que los gobiernos de los últimos setenta años les fallaron. Que les prometieron cosas que nunca llegaron. Que los políticos los engañaron. Que las instituciones abandonaron al pueblo. Que la corrupción destruyó oportunidades. Que el país tomó el rumbo equivocado. Y después de escucharlos durante horas, a veces me surge una pregunta que rara vez aparece en la conversación: ¿y usted qué hizo?
Porque es cierto que los gobiernos tienen enormes responsabilidades. Para eso existen. Para administrar recursos, construir infraestructura, brindar servicios y crear condiciones que permitan el desarrollo del país. Pero también es cierto que la democracia nunca fue diseñada para funcionar con ciudadanos sentados permanentemente en una silla esperando que alguien más les resuelva la vida. La democracia funciona cuando las personas participan. Cuando se involucran. Cuando dejan de ser espectadores y se convierten en actores. Y muchas veces, cuando uno profundiza un poco en la conversación, descubre que algunas de las personas más indignadas jamás han asistido a una sesión municipal, nunca han hablado con un regidor, nunca han participado en una asociación de desarrollo y jamás han dedicado una hora de trabajo a resolver un problema de su propia comunidad.
¿Cuántas de las personas que dicen que los gobiernos les fallaron se acercaron alguna vez a su municipalidad? ¿Cuántas participaron en una organización comunal? ¿Cuántas ayudaron a impulsar un proyecto local? ¿Cuántas se ofrecieron como voluntarias para mejorar algo de su barrio? ¿Cuántas ayudaron a organizar una actividad comunitaria? Tal vez algunas sí lo hicieron. Sería injusto no reconocerlo. Pero también sospecho que muchas no. Y eso no significa que pierdan el derecho a criticar. Significa simplemente que existe una diferencia enorme entre señalar problemas y ayudar a resolverlos.
Y exactamente la misma pregunta podría hacerse a quienes hoy apoyan apasionadamente al gobierno actual. A quienes están convencidos de que este gobierno finalmente corregirá los errores acumulados durante décadas. ¿Qué han hecho ellos para ayudar? ¿Han ofrecido su tiempo? ¿Han puesto sus capacidades al servicio de alguna causa? ¿Se han acercado a las instituciones? ¿Han buscado la forma de colaborar? ¿Han participado en proyectos comunitarios alineados con las ideas que defienden? ¿O simplemente se limitan a compartir publicaciones, dar «me gusta» y defender posiciones políticas desde una pantalla?
Porque apoyar un gobierno no consiste únicamente en defenderlo en redes sociales. Así como oponerse a un gobierno tampoco consiste únicamente en atacarlo desde un teclado. Y aquí es donde llegamos a una realidad que muchas personas no quieren escuchar: quedarse sentado en la casa no es hacer algo. Estar detrás de una pantalla no es hacer algo. Pasarse horas comentando publicaciones no es hacer algo. Entrar a insultar personas en redes sociales no es hacer algo. Eso podrá entretenernos. Podrá hacernos sentir parte de una causa. Podrá darnos la sensación de participación. Pero en la práctica, muchas veces no es más que un placebo ciudadano. Una ilusión que nos hace sentir involucrados sin que realmente estemos contribuyendo a cambiar nada.
Hacer algo es hacer algo. Hacer algo es organizarse. Es reunirse. Es participar. Es ayudar. Es aportar tiempo, trabajo, conocimientos o recursos. Es presentarse donde están ocurriendo las cosas. Es levantar la mano cuando hace falta colaboración. Es dejar de ser comentarista para convertirse en participante. Porque ningún hueco en una calle se tapa con comentarios. Ninguna comunidad mejora únicamente con publicaciones. Ninguna organización crece gracias a los insultos. Ningún movimiento ciudadano sobrevive alimentándose exclusivamente de aplausos virtuales.
Pero este mensaje no es solamente para quienes culpan a los últimos setenta años ni para quienes creen que el gobierno actual resolverá mágicamente todos los problemas. También es para quienes están convencidos de que la patria está en peligro. Para quienes dicen que Costa Rica necesita ser rescatada. Para quienes afirman que estamos viviendo momentos decisivos de nuestra historia. Para quienes hablan constantemente de salvar el país. Porque la pregunta sigue siendo exactamente la misma: ¿ya fueron? ¿Ya se organizaron? ¿Ya buscaron un grupo donde colaborar? ¿Ya ofrecieron algunas horas de trabajo? ¿Ya apoyaron económicamente alguna iniciativa que consideran importante? ¿Ya ayudaron a sostener alguno de los movimientos, organizaciones o proyectos que dicen admirar?
Porque detrás de muchos movimientos ciudadanos, proyectos cívicos, organizaciones comunitarias e incluso creadores de contenido que trabajan todos los días por causas en las que creen, hay personas reales. Personas que trabajan jornadas interminables. Personas que sacrifican tiempo, ingresos, descanso y tranquilidad para sostener algo que consideran importante. ¿Alguna vez les preguntamos de qué viven? ¿Alguna vez les preguntamos cuántas horas trabajan? ¿Alguna vez les preguntamos cuán cansados están? ¿Alguna vez les preguntamos si necesitan ayuda? Porque admirar desde lejos siempre es más fácil que involucrarse.
Este no es un regaño. Es una invitación a reflexionar. Una invitación para quienes apoyan al gobierno y para quienes lo adversan. Para quienes creen que vamos bien y para quienes creen que vamos mal. Para quienes están optimistas y para quienes están preocupados. Porque este país no pertenece a un partido político. No pertenece a un gobierno. No pertenece a una ideología. Este país es de todos.
Y si usted cree que Costa Rica va por buen camino, debería ayudar a empujarla.
Y si usted cree que Costa Rica va por mal camino, debería ayudar a corregirla.
Porque en ambos casos la solución es exactamente la misma: participar.
Y porque la línea que separa una democracia fuerte de una ciudadanía que solamente comenta desde el sillón es mucho más delgada de lo que solemos imaginar.