¿Quién sigue siendo necesario?         

Las elecciones terminaron. La democracia hizo su trabajo. Hubo una campaña, hubo un debate, hubo un resultado y hubo un ganador. Ese capítulo ya se escribió y, nos guste o no, es el punto de partida desde el que ahora debemos mirar hacia adelante. Sin embargo, hay algo que muchas personas todavía no comprenden: el papel de un ciudadano no termina cuando deposita una papeleta en la urna. Ese fue apenas un acto dentro de la democracia; la democracia misma continúa viviendo todos los días después de las elecciones.

Hoy Costa Rica necesita, más que nunca, ciudadanos que fiscalicen. Personas que observen con atención, que hagan preguntas incómodas cuando sea necesario, que denuncien los abusos, que exijan transparencia, que defiendan la Constitución, la separación de poderes, las instituciones y los derechos de todos, incluso de quienes piensan diferente. Necesita ciudadanos que estén dispuestos a apagar incendios cuando aparezcan, a poner límites cuando alguien intente sobrepasarlos, a hacerle difícil cualquier abuso del poder y, cuando llegue el momento, ayudar a reconstruir aquello que haya sido debilitado o destruido. Esa tarea nunca termina, porque el poder siempre necesita ser observado.

Y no, eso no convierte a nadie en enemigo del gobierno. Al contrario. Quien vigila al poder no trabaja contra la República; trabaja a favor de ella. La democracia no se fortalece con ciudadanos silenciosos, sino con ciudadanos presentes. La crítica responsable, la vigilancia constante y la defensa de los principios democráticos son parte del funcionamiento normal de un país libre. Renunciar a esa responsabilidad sería dejar el timón sin nadie que supervise hacia dónde va el barco.

¿Y para qué necesita hoy Costa Rica a quienes votaron por el oficialismo? Para elegir al gobierno. Ese era el propósito de su voto, y ya se cumplió. Eligieron a quien los representa y le entregaron el mandato para gobernar. Gracias por participar. Esa misión concluyó el día que el Tribunal Supremo de Elecciones oficializó el resultado. A partir de ese momento, el gobierno ya no depende de los votantes, sino de quienes fueron electos para ejercer el poder y de las instituciones llamadas a controlar que ese poder se mantenga dentro de los límites de la ley.

Por eso existen, precisamente, los ciudadanos vigilantes. Porque el control democrático nunca ha dependido únicamente de quienes gobiernan, sino de quienes permanecen atentos mientras ellos gobiernan. Son esos ciudadanos los que siguen siendo necesarios todos los días del mandato presidencial, sin importar quién ocupe Zapote o cuál partido tenga la mayoría en la Asamblea Legislativa.

Al final quedan dos grupos muy distintos. Unos continúan haciendo lo que creen que les corresponde como ciudadanos: vigilar, señalar, proponer, denunciar cuando sea necesario, defender la institucionalidad y sostener la democracia día tras día, sin importar el color político del gobierno de turno. Los otros ya cumplieron el único papel que decidieron desempeñar: votar y retirarse. El poder obtuvo de ellos exactamente lo que necesitaba para llegar al gobierno y luego siguió adelante.

Porque una democracia no se sostiene únicamente con quienes llevan a un gobierno al poder. Se sostiene, sobre todo, con quienes permanecen vigilándolo mientras lo ejerce. Ellos son los que siguen siendo necesarios cuando la campaña termina, cuando las banderas se guardan y cuando el entusiasmo electoral desaparece. Son quienes recuerdan que el verdadero trabajo ciudadano apenas comienza el día después de las elecciones.

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