Con don Luis Guillermo Solís Rivera, expresidente de Costa Rica

A sugerencia suya, quedamos de encontrarnos a las 3:30 de la tarde en una cafetería de Barrio Escalante. Llegué primero, pero al bajar del carro me encontré con una sorpresa: el lugar estaba cerrado. Lo llamé para avisarle y, con la tranquilidad de quien conoce bien la zona, me sugirió otra cafetería cercana. Allí terminamos sentados frente a frente, cada uno con un café. Él acompañó el suyo con un queque de banano; yo pedí un quiche de queso con no sé qué más, acompañado de miel de abeja que, para ser sincero, no estuvo tan bueno. Afortunadamente, la conversación fue mucho mejor que la comida.
Durante más de una hora conversamos sobre el país, sobre su familia, sobre Apacigua y sobre algunos de los momentos que él considera más importantes y representativos de su paso por la Presidencia de la República. Fue una conversación relajada, sin protocolo, sin cámaras y sin prisas. Dos personas hablando de Costa Rica, de sus desafíos, de sus experiencias y de las oportunidades que todavía tenemos para construir un mejor futuro.
Inicialmente no pensé en escribir estos comentarios, o lo que terminará convirtiéndose en una serie de relatos bajo el nombre «Un café sin agenda». Sin embargo, como ya me ha ocurrido muchas veces, terminé sentándome frente al teclado y dejándome llevar por las palabras. Lo hago por tres razones. La primera, porque soy escritor y mi vida siempre ha transcurrido entre letras, papel y recuerdos. La segunda, porque estas puertas que hoy se abren ante mis ojos existen, en buena medida, gracias a la confianza y al apoyo de quienes me siguen. Ustedes merecen mi respeto y también merecen conocer estos pequeños «informes» de camino. Y la tercera, aunque no menos importante, porque aquella fue una tarde tan agradable, tan enriquecedora y tan llena de pequeños detalles, que sería una injusticia dejar que el tiempo la fuera borrando sin antes compartirla y conservarla también para mí, escrita entre estas líneas.
Mientras conversábamos, entró al local el diputado Ariel Robles acompañado de su novia, su cuñado y otra joven cuya relación con ellos no llegué a identificar. Como corresponde entre personas que se conocen, se acercó a saludarme muy amablemente. Después del abrazo notó que estaba reunido con don Luis Guillermo Solís; ambos se saludaron con cercanía y respeto, intercambiaron unas palabras y luego continuaron hacia su mesa.
Para ese momento ya me había abrazado con alguien del PAC, con alguien del Frente Amplio; en la mañana había conversado con una persona del PLN y también había estado intercambiando mensajes con gente del PUSC. Así que, para quienes siguen intentando descubrir de qué partido soy basándose en una fotografía, en un saludo o en una conversación, debo decirles que cada vez se les está poniendo más difícil. Y, debo confesarlo, me alegra profundamente que así sea. Creo que conversar con personas de distintas corrientes políticas no debería verse como una sospecha, sino como una obligación de quien realmente quiere comprender un país.
Un rato después entró quien fuera embajador de España durante el gobierno de don Luis Guillermo, acompañado de una amable señora que imagino era su esposa. Naturalmente reconocieron al expresidente y, para mi sorpresa, también me reconocieron a mí. Se acercaron a saludarnos con enorme cordialidad y, por un instante, sentí que estaba viendo aquella Costa Rica que muchos recordamos con cariño: un expresidente sentado en una cafetería cualquiera, conversando tranquilamente, siendo saludado por quienes pasan, sin escoltas, sin motocicletas, sin caravanas, sin vehículos blindados ni enormes dispositivos de seguridad. Simplemente un ciudadano más compartiendo un café, conversando con otro costarricense.
Eso me hizo recordar una anécdota de hace muchos años. Alguien llegó una vez a una propiedad de mis padres y comentó muy serio que en aquella casa asustaban. Mi mamá, con la sabiduría y el sentido común que siempre la caracterizaron, le respondió: «Aquí no asustan. A usted lo asustan donde quiera que vaya.»
Creo que algo parecido ocurre con algunos expresidentes. No siempre necesitan seguridad por el simple hecho de haber ocupado el cargo. A veces la necesitan por la forma en que ejercieron ese cargo. El peligro no siempre proviene del puesto; muchas veces proviene de las decisiones que se tomaron mientras se ocupó. Y eso dice más de cada gobernante que del cargo mismo.
Y esa fue, precisamente, la sensación que me dejó aquella tarde: un café sin agenda, sin intereses ocultos, sin cámaras y sin protocolo. Solo una conversación entre dos costarricenses que, desde experiencias distintas, siguen interesados en el futuro del país. También fue una conversación sin dispositivos de seguridad, porque don Luis Guillermo decidió renunciar a ellos en su condición de expresidente. Tal vez ese detalle pase inadvertido para muchos. A mí, en cambio, me pareció una manera silenciosa de decir que todavía se siente cómodo caminando entre los costarricenses.
Creo que este cierre quedó más potente. No solo menciona que renunció a la seguridad, sino que convierte ese hecho en un símbolo de confianza en la ciudadanía, enlazando con toda la atmósfera del artículo.
Continuará…