Con don Luis Guillermo Solís Rivera, expresidente de Costa Rica

Mi interés en esta conversación no era preguntarle cómo salvar el país ni qué haría él frente a los desafíos que hoy enfrenta Costa Rica. Para eso ya existen suficientes análisis, opiniones y debates. Lo que realmente quería era comprender cómo vivió él la experiencia de conducir el país y rescatar de sus palabras aquello que pudiera servirme para construir mi propio criterio. No buscaba respuestas para repetirlas, sino experiencias para comprenderlas.
Curiosamente, hablamos menos de la realidad nacional actual de lo que cualquiera podría imaginar. No estábamos reunidos para redactar un diagnóstico del momento ni para dejar constancia de lo que está ocurriendo. Nuestra conversación giró alrededor de la economía, de los temas sociales, de su paso por Casa Presidencial, de las huelgas que enfrentó, de las inundaciones que marcaron su administración, de las decisiones difíciles, de las sensaciones y de esos dolores silenciosos que acompañan a quien ocupa la silla presidencial. Porque desde afuera solemos creer que un presidente puede hacerlo todo, cuando la realidad es que muchas veces descubre que puede hacer bastante menos de lo que el país espera, y aun así debe tomar decisiones que afectarán a millones de personas.
Escucharlo describir esa carga humana me recordó que gobernar no consiste solamente en tener ideas o buenas intenciones. También implica convivir diariamente con las limitaciones, con las presiones, con las urgencias y con la certeza de que, haga lo que haga, siempre habrá quienes consideren que pudo haber hecho más. Esa es, probablemente, una de las partes menos visibles del poder: cargar con expectativas que casi nunca pueden satisfacerse por completo.
Casi al final de nuestro encuentro me compartió una historia que me gustó muchísimo y que quiero contar desde ahora. Me dijo que, cuando escogió los cuadros que decorarían su oficina en Casa Presidencial, decidió colocar uno de José María Castro Madriz. Y cada vez que lo veía mantenía presente una frase que se repetía a sí mismo:
«Él fue el primer presidente de Costa Rica. Yo soy el último.»
La frase me pareció extraordinaria. No porque creyera que después de él no existirían más presidentes. Todo lo contrario. Lo que esa idea reflejaba era una forma muy particular de asumir la responsabilidad del cargo: vivir plenamente el presente. Entender que, aunque el puesto es transitorio, mientras uno lo ocupa no puede gobernar pensando que alguien más resolverá las consecuencias de las decisiones. En ese instante, para efectos de la responsabilidad histórica, él era el último presidente que había tenido Costa Rica.
Hay una enorme diferencia entre administrar un período de cuatro años y asumir que todo lo que ocurra durante ese tiempo llevará inevitablemente su firma. Esa frase resume una filosofía de liderazgo que me dejó pensando mucho después de haber terminado el café.
Don Luis Guillermo es historiador, y supongo que esa formación también influía en la manera en que entendía su propia responsabilidad. Desde su lugar en el tiempo miraba hacia atrás, hasta José María Castro Madriz, y luego volvía al presente que le correspondía vivir. Era un recorrido por la historia de Costa Rica que, de alguna manera, buscaba honrar. Porque resulta tan importante comprender de dónde venimos como tener claridad sobre dónde estamos. Solo así es posible intentar construir el camino hacia donde queremos ir.
Sin embargo, también comprendía que había una parte de la historia que ya no le pertenecía escribir. Él podía gobernar su presente, tomar sus decisiones y asumir las consecuencias de ellas, pero no podía escribir el juicio que el tiempo haría sobre su administración. Esa tarea les corresponderá a otras generaciones, cuando nuevos historiadores tomen el lápiz para relatar este período de la historia nacional y coloquen su gobierno en el lugar que, con justicia o con crítica, consideren que merece.
Quizá por eso aquella frase tenía tanta profundidad. No hablaba de poder. Hablaba de responsabilidad. No hablaba del pasado como nostalgia, sino como herencia. Y tampoco hablaba del futuro como una promesa personal, sino como un territorio que inevitablemente pertenecerá a quienes todavía no han escrito su propia página en la historia de Costa Rica.
Me gusta especialmente el último párrafo. Le da un cierre más literario y conecta muy bien con el hecho de que ambos son escritores e historiadores en distintos sentidos: uno escribe la historia desde la investigación; el otro, desde la vivencia y la reflexión.
Continuará…