Una visita que no era entrevista y terminó siendo encuentro

Queridos amigos y compañeros de esta batalla electoral, ¿recuerdan que hace poco hice una entrevista a Jorge, el hijo de Ana Virginia Calzada? En aquel momento contacté a la oficina de doña Ana Virginia con una intención muy clara: no quería entrevistarla a ella directamente, quería hablar con alguien que la amara. Quería que me hicieran amarla a mí, para poder luego escribir desde ahí, desde ese lugar honesto, y ayudar a que el país también pudiera verla, comprenderla y reconocer su entrega por Costa Rica.

Entrevisté a Jorge, y cumplió con creces mis expectativas. En esa conversación no solo pude amar a su mamá, su trayectoria y su vocación, sino también a él. Un muchacho encantador, inteligente, entregado, simpático, gracioso, de buen ver, con una claridad emocional poco común. Al terminar aquella reunión le dije, casi como quien lanza un deseo al aire, que algún día me gustaría conocer a su mamá.

La semana pasada, doña Ana Virginia me contactó personalmente y me invitó a una visita social a su casa para hoy lunes 22 de diciembre. Yo iba exactamente a eso: una visita social. Llevaba un regalo, iba dispuesto a conversar, a escuchar, a compartir. No iba en modo entrevistador, iba en modo humano. Sin embargo, horas antes de salir, desde su oficina me contactaron para reconfirmar la entrevista con ella. Entendí que la agenda había cambiado. Así que, además del regalo, tomé mi libreta de apuntes.

Cuando empezamos a conversar, en algún momento ella me dijo, con una sonrisa franca: “Ah, veo que me está haciendo una entrevista”. Yo le respondí con honestidad: “Bueno, eso fue lo que me confirmaron desde su oficina”. Ella me dijo que su intención era algo social. Ahí entendimos que había sido un error de coordinación. Cerré la libreta, literalmente, y me dediqué a disfrutarla.

Pero déjenme devolverme unos minutos. Fui recibido con una amabilidad profunda en su casa, una casa hermosa en San José. Hay un área claramente destinada a oficina, donde me recibieron y donde esperé unos minutos, entendiendo perfectamente que ahí sería la conversación. Sabía que había otra área, su casa, su espacio personal. Nunca imaginé que cruzaríamos ese umbral.

En algún momento me dijeron: “Pasemos”. Y pasamos al área privada de su hogar. Había bocadillos preparados, todo dispuesto para una conversación sin prisa. Y ahí ocurrió lo importante. Conversamos de política, sí, pero también del país. De su vida, de la mía. De lo que ella espera para Costa Rica y de lo que yo espero. Hablamos con una naturalidad que no se ensaya y con una profundidad que no se improvisa. Y la noche, sin avisar, volvió a hacerse mágica.

Algunos dirán que yo veo magia en todo lado, porque en otros textos he hablado de ella. Pero no es que yo vea magia en todo. Es que, de alguna forma, la magia me sigue. Tal vez tiene que ver con ser acuarelista. Cuando pinto, el agua no se controla del todo. Uno propone, acompaña, observa y confía. La belleza aparece cuando no se fuerza.

Así fue esa noche. No fue una entrevista. Fue un encuentro. De esos que no se planifican y que, precisamente por eso, dejan huella. Y salí de ahí con algo muy claro: cuando la política se humaniza, cuando se quita el traje rígido y se permite la conversación sincera, todavía es posible creer. No en personas perfectas, sino en personas auténticas. Y eso, en estos tiempos, ya es mucho decir.

En medio de la conversación apareció de todo. Análisis de país, análisis de campaña, análisis personales. Hablamos de esas situaciones que uno puede cambiar y tiene la responsabilidad de hacerlo, y de otras que no se pueden cambiar y que, por lo tanto, hay que aprender a dejar pasar con dignidad y serenidad. La conversación se movía con naturalidad entre lo político y lo humano, entre lo profundo y lo cotidiano, entre la risa y la reflexión.

Fue una charla política, sí, pero también fue amistosa, sociable, cercana y, por momentos, divertida. Conversar así, sin guiones ni poses, con una mujer extraordinariamente inteligente y preparada, fue un regalo. Una exmagistrada del Poder Judicial con una trayectoria limpia, sólida, profunda, marcada por grandes logros y decisiones difíciles tomadas con carácter. Una mujer con una vida ordenada, coherente, con valores claros que no se dicen, se notan.

Había también algo que no se podía obviar. Su forma de estar en el mundo. Su manera de escuchar, de responder sin prisa, de argumentar sin imponerse. La naturalidad con la que hablaba de sus hijos, de su familia, de sus afectos, de su historia personal. Todo ese conjunto —la profesional, la madre, la ciudadana, la mujer— formaba una presencia completa, íntegra, imposible de fragmentar.

No era solo una presentación impecable desde lo público; era una gracia que nacía de la coherencia. Esa sensación tan poco común de estar frente a alguien cuya vida no está dividida en compartimentos, sino que camina en una misma dirección. Y eso, en la política, se siente. No se explica con cifras ni con discursos. Se percibe.

Mientras la noche avanzaba, entendí algo más. Que hay encuentros que no buscan convencer, sino comprender. Que hay conversaciones que no pretenden ganar nada, pero lo ganan todo. Y que, a veces, el país que uno sueña empieza a dibujarse no en una tarima, sino en una mesa, entre bocadillos, palabras honestas y silencios cómodos.

Salí de ahí con calma. Con esa sensación rara y valiosa de haber compartido tiempo con alguien que no necesita demostrar quién es. Y confirmé, una vez más, que cuando la política se cruza con la humanidad sin disfraz, algo se ordena por dentro. Y eso, para mí, sigue siendo una de las señales más claras de que todavía hay esperanza.

Por supuesto que también hablamos largo y tendido de mi campaña. De lo que hago, de por qué lo hago, de quiénes me siguen y de cómo me siguen. Hablamos del fin último, que nunca ha sido una candidatura propia ni un protagonismo personal, sino la necesidad profunda de bajar el ruido, ordenar la conversación y ayudar a que Costa Rica piense con más calma en medio de tanta efervescencia.

Le hablé con total franqueza. Le dije que no tengo todavía un candidato definido, y que justamente por eso me muevo con libertad. Le ofrecí mi ayuda sin rodeos, sin letras pequeñas. Le dije que, si en algún momento consideraba que había un tema importante que debía ser tratado con profundidad y cuidado, yo estaba dispuesto a escribirlo. Siempre desde mi óptica, siempre desde la neutralidad frente a los partidos, siempre desde ese lugar ciudadano que no responde a consignas ni a líneas partidarias.

También fui claro en algo más. Le dije que, si ella necesitaba apoyo para abrir puentes, para generar conversaciones o para acercarse a otros sectores, incluso a otros partidos, yo estaba dispuesto a hacerlo. No como operador político, sino como facilitador de diálogo. Porque si algo tengo claro hoy es que este país no se salva desde una sola esquina.

En este momento —al menos desde mi criterio— me he convertido en un vínculo. Un puente imperfecto, humano, pero real, entre distintos sectores democráticos de Costa Rica. Y no por mérito propio únicamente, sino gracias a la comunidad que se ha ido formando alrededor de Apacigua tu ser interior. Personas diversas, de distintas edades, partidos, historias y pensamientos, que coinciden en algo esencial: Costa Rica merece una conversación mejor.

Se lo dije sin grandilocuencia, sin inflar nada. Solo como una constatación del momento que estamos viviendo. Mi rol hoy no es decirle a nadie por quién votar, sino ayudar a que el país llegue a ese día con más conciencia, menos odio y más capacidad de escucharse. Si desde ahí puedo servir, lo haré. Con ella, con otros candidatos, con otros partidos. Porque al final, lo que está en juego no es una figura, sino la posibilidad de que esta patria vuelva a hablarse sin miedo y sin gritos.

Conocerla a ella fue una experiencia única. Y lo digo con plena conciencia de todo lo que he vivido en estos meses. Como ya ustedes saben, me he reunido con vicepresidentes, presidentes, diputados, magistrados, candidatos, familiares de candidatos. He conversado con hijos, con esposas, con equipos cercanos, con personas brillantes en lo técnico y en lo político. Pero esto fue distinto.

No fue una conversación con el hijo de alguien, ni con la esposa de un candidato. No fue un encuentro con dos economistas formidables. No fue una charla con una posible primera dama de la República. Esta reunión fue diferente porque fue nueva, particular, con un matiz propio que no había experimentado antes. Y no digo esto para establecer jerarquías. No fue mejor ni superior a las otras. Fue, simplemente, distinta.

Conversé con una abogada, una exmagistrada del Poder Judicial, una mujer profundamente preparada, pero también creativa. En algunos aspectos, casi como una artista plástica. Con ideas innovadoras, incluso revolucionarias, especialmente para San José, de las que ella hablará cuando lo considere oportuno. Pero había algo en su manera de pensar, en su forma de imaginar la ciudad y el país, que me conectaba desde mi lugar de artista. Esa creatividad me hablaba en un idioma que reconozco bien.

Eso hizo que la experiencia tuviera otro color. Otro ritmo. Otro pulso. Y ahí confirmé algo que me encanta de este camino: los matices. Me encanta escuchar a los economistas, ahora a la abogada. Me encantan las conversaciones con los hijos, con las esposas, con los amigos de los candidatos. Esa diversidad de miradas es, para mí, una de las cosas más hermosas que me ha regalado este proceso. Me permite entender el país desde muchos ángulos, sin encasillarlo, sin reducirlo.

Disfruté enormemente la reunión. Disfruté la conversación y también cada uno de los bocadillos compartidos en la casa hermosa de la exmagistrada y hoy candidata a la presidencia de la República, Ana Virginia Calzada. Fue una noche cálida, humana, cercana.

Nos despedimos con un abrazo lindísimo. Profundo. Amistoso. No sin que ella me pidiera que volviera otra vez, y no sin que yo le dijera que llegara a mi casa cuando quisiera. Incluso le ofrecí algo muy mío: que cuando tenga un grupo de trabajo estresado, cargado o agotado, me los mande al taller de arte, que yo se los devuelvo relajados. Con pintura, con silencio, con color.

Fue una noche verdaderamente linda. De esas que se agradecen. Queridos amigos de Apacigua tu ser interior, ya veremos cuál será nuestra próxima experiencia.

Yo soy Vinicio Jarquín.

Un abrazo a todos.

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