
No sé exactamente cómo llegué a aquel planeta. Tampoco importa demasiado. Lo cierto es que estaba ahí, en un lugar lejano, sentado frente a varios de sus habitantes, que me observaban con una curiosidad semejante a la mía. Su mundo era árido, inmenso, de colores terrosos, con grandes extensiones de suelo y formaciones rocosas que se levantaban a lo lejos. No había árboles, ni pasto, ni flores. No había nada verde.
En algún momento me preguntaron de dónde venía y respondí, con la naturalidad con que uno dice el nombre de su barrio, que venía del planeta Tierra. Entonces uno de ellos me hizo una pregunta que jamás me habían hecho: por qué se llamaba Tierra. No tuve respuesta. Nunca lo había pensado. Supuse que sería porque había mucha tierra, pero inmediatamente me señalaron que su planeta también estaba lleno de ella. Tuve que corregirme: la diferencia era que en nuestra tierra crecían cosas.
Hablé de los árboles, de las plantas, del pasto y de las flores, y pronto comprendí que estaba usando palabras que para ellos no significaban absolutamente nada. Empecé por el árbol: un ser vivo que nacía del suelo, que podía crecer durante muchos años y alcanzar grandes alturas, con un tronco del que salían ramas y ramas de las que nacían hojas. Algunos producían frutos que nosotros comíamos; otros daban flores; muchos animales vivían entre sus ramas y, cuando hacía mucho calor, nosotros mismos nos refugiábamos debajo de ellos para aprovechar su sombra. Explicar un árbol a alguien que nunca ha visto uno es mucho más difícil de lo que parece. Mientras hablaba, fui descubriendo la cantidad de cosas extraordinarias que yo había reducido durante toda mi vida a una sola palabra: árbol.
Entonces quisieron saber cómo hacíamos para mantener vivos tantos árboles y tantas plantas, y así llegué al agua: un líquido transparente, indispensable para casi toda la vida que yo conocía, que bebíamos nosotros y que necesitaban también los animales y las plantas. Naturalmente, preguntaron de dónde sacábamos suficiente agua para mantener vivo un planeta lleno de vegetación. Respondí que, entre otras cosas, caía del cielo. Aquello les resultó difícil de creer, y tuve que contarles la lluvia: las nubes, las gotas, los aguaceros que pueden durar horas, el agua cayendo sobre montañas, bosques, ciudades y campos. Uno de ellos permaneció pensativo durante unos segundos y resumió mi larga explicación de una manera que yo nunca habría imaginado:
—Entonces su cielo los riega.
Me quedé callado. Había visto llover miles de veces, pero jamás había pensado que vivía en un planeta donde el cielo se encargaba de regar la vida. La siguiente pregunta era inevitable: qué ocurría cuando el cielo dejaba de regarnos. Les conté que tenemos temporadas secas y lugares donde puede pasar mucho tiempo sin llover, pero que aún entonces disponemos de agua, porque tenemos ríos. Otra palabra desconocida. Intenté describir un río como una corriente de agua que viaja sobre la tierra siguiendo su propio camino: baja de las montañas, atraviesa bosques, campos, pueblos y ciudades, y va a encontrarse con otros ríos, con lagos o, finalmente, con el mar. Algunos son pequeños y tranquilos; otros, enormes y poderosos. Y cuando quisieron saber de dónde salía toda esa agua si no estaba cayendo del cielo, tuve que confesarles algo que les pareció todavía más increíble: también tenemos agua debajo de la tierra.
Parte de la lluvia, les dije, penetra el suelo y se queda allá abajo, viajando lentamente entre las rocas, guardada a veces durante muchísimo tiempo, hasta que en ciertos lugares vuelve a aparecer por sí misma y brota de la tierra. A eso lo llamamos una naciente. La palabra les gustó. La repitieron varias veces, como si hubiera algo hermoso en la idea de que el agua pudiera nacer. Uno de ellos intentó ordenar todo lo que acababa de escuchar: en mi planeta había agua que caía del cielo, agua que corría sobre la tierra y agua que salía de dentro de ella. Y con toda esa agua, cuando la lluvia no era suficiente, regábamos los cultivos. Tuve que explicar también qué era cultivar: sembrar plantas para alimentarnos. Y empecé a nombrarlas: mangos, aguacates, naranjas, limones, manzanas, arroz, maíz, frijoles, papas, tomates, lechugas. Conforme avanzaba, la Tierra empezaba a parecerme, incluso a mí, cada vez más improbable.
En algún momento uno recordó que yo había dicho que algunos animales vivían en los árboles y me preguntó qué era un animal. Me pareció una pregunta sencilla hasta que intenté responderla. Eran seres vivos diferentes de las plantas, y la mayoría podía desplazarse por sí misma. Había millones de especies: animales que caminaban, otros que corrían, algunos que volaban, otros que se arrastraban; los había diminutos y gigantescos, con dos patas, cuatro, seis, ocho o ninguna. Algunos vivían debajo de la tierra, otros en los árboles, muchos en los ríos y cantidades inimaginables dentro del mar. También les conté que ciertos animales vivían dentro de nuestras casas. Eso los desconcertó particularmente. Les expliqué que los alimentábamos, los cuidábamos, jugábamos con ellos y que, en muchos casos, llegaban a formar parte de nuestra familia. Les dije, sin pensarlo demasiado, que llegábamos a quererlos muchísimo.
A esas alturas comprendí que las palabras ya no eran suficientes. Saqué mi teléfono y decidí mostrarles aquello que intentaba explicar. Primero apareció un árbol. Se acercaron a la pantalla y permanecieron en silencio. Después les enseñé un bosque entero, campos cubiertos de verde, flores de distintos colores, montañas llenas de vegetación y plantaciones extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Les mostré la lluvia cayendo sobre un bosque y les recordé que aquello era el cielo regándonos. Luego vinieron las nacientes, las cataratas y los ríos. Finalmente, los animales: un perro, un caballo, una mariposa, un pájaro, un elefante, una jirafa y un mono sentado sobre la rama de un árbol. Al principio preguntaban por cada imagen, pero poco a poco dejaron de hacerlo. Simplemente miraban.
Entonces les mostré el mar. Busqué una fotografía tomada desde una playa, en la que el agua se extendía hasta confundirse con el horizonte. Uno preguntó si todo aquello era agua. Le dije que sí. Quiso saber dónde terminaba y le expliqué que desde aquel lugar no era posible verlo. Les hablé de los océanos, de extensiones de agua tan grandes que separaban continentes enteros, aunque todavía no me atreví a explicarles lo que podía existir debajo de aquella superficie. Durante un buen rato pasaron las fotografías en silencio: árboles, flores, lluvia, montañas, ríos, animales, mar. Finalmente uno levantó la mirada y me preguntó si nosotros realmente vivíamos ahí. Le dije que sí, todos los días. Volvió a mirar las imágenes y dijo algo que me incomodó mucho más de lo que esperaba:
—Entonces supongo que ustedes pasan la vida maravillados.
No supe qué contestarle. Permanecimos un rato en silencio. Ellos seguían mirando las fotografías y yo empezaba a comprender que explicar mi planeta era mucho más difícil de lo que había imaginado: cada cosa que para mí era cotidiana necesitaba, para ellos, una explicación completa. Entonces recordé que había algo que no aparecía en ninguna fotografía y que, sin embargo, estaba prácticamente en todas: el viento. Les dije que en la Tierra el aire se mueve. Al principio no entendieron qué quería decir. El aire, para ellos, estaba ahí; era simplemente el espacio que ocupaban y respiraban. Tuve que contarles que en nuestro planeta podía desplazarse con tanta suavidad que apenas lo sentíamos sobre la piel, o con tanta fuerza que podía doblar árboles, levantar objetos y producir enormes tormentas.
El viento movía las hojas, refrescaba nuestros cuerpos cuando hacía calor, empujaba las nubes, levantaba las olas del mar y llevaba semillas a lugares donde podían nacer nuevas plantas. Incluso habíamos aprendido a usarlo para mover embarcaciones y producir energía. Uno de ellos quiso verlo y tuve que decirle que eso era imposible. Podía mostrarle árboles moviéndose, cabellos levantándose, nubes desplazándose o enormes olas, pero el viento mismo no podía enseñárselo. Aquello pareció desconcertarlos. Uno finalmente dijo que entonces en la Tierra teníamos algo que no podíamos ver, pero cuya existencia conocíamos porque podíamos sentirlo. Me quedé pensando. Sin saber muy bien por qué, recordé lo que acababa de decirles sobre los animales que viven en nuestras casas, y lo mucho que llegamos a quererlos.
—Sí —respondí—. Tenemos varias cosas así.
No expliqué cuáles. Después hablamos del Sol. Eso resultó más sencillo al principio, porque ellos también conocían la luz y tenían una estrella alrededor de la cual giraba su mundo. Pero cuando empecé a contar la relación que el Sol tenía con casi todo lo que ya les había dicho, incluso yo comencé a verlo de otra manera. El Sol calentaba nuestro planeta y daba energía a las plantas; calentaba también los mares y hacía que parte de aquella inmensa cantidad de agua subiera, invisible, hacia el cielo, hasta convertirse en nubes. Las nubes viajaban, el agua volvía a caer sobre la tierra y comenzaba otra vez su recorrido por montañas, ríos, raíces y nacientes.
Uno de ellos empezó entonces a reconstruir toda la historia: el Sol calentaba el agua, el agua subía, después caía del cielo, alimentaba las plantas, las plantas producían frutos, los animales comían plantas y otros animales, y nosotros nos alimentábamos de muchas de aquellas cosas. Nada parecía estar completamente separado de lo demás. Mientras lo escuchaba, comprendí que yo conocía todos esos procesos desde niño. Los había estudiado en la escuela, había visto dibujos del ciclo del agua y sabía perfectamente qué era la fotosíntesis. Sin embargo, hasta ese momento nunca me había detenido a pensar en lo extraordinario de vivir dentro de un sistema donde tantas cosas parecían necesitarse unas a otras.
Entonces cometí el error de mencionar los volcanes. Tuve que explicar que debajo de algunas de nuestras montañas la roca alcanzaba temperaturas tan altas que llegaba a fundirse y que, en determinadas circunstancias, esa materia podía subir y salir a la superficie. Les hablé de lava, ceniza, gases y erupciones. Después de haberles descrito bosques, flores, lluvia y animales, probablemente acababa de arruinarles la imagen idílica que se habían hecho de la Tierra. Uno de ellos quiso saber si aquellas montañas podían ser peligrosas. Le dije que sí. Preguntó si sabíamos dónde estaban, y respondí que también. Entonces quiso saber por qué alguien viviría cerca de una montaña capaz de lanzar roca derretida, ceniza y gases.
No encontré una explicación particularmente brillante. Les conté que algunas personas habían nacido ahí, que esas tierras podían ser extraordinariamente fértiles, que alrededor de los volcanes había pueblos y ciudades y que, sencillamente, los seres humanos aprendíamos a convivir con muchas de las fuerzas de nuestro planeta. Las estudiábamos, las vigilábamos y tratábamos de comprenderlas, aunque nunca pudiéramos controlarlas del todo. Uno de ellos sonrió. Me dijo que nosotros parecíamos sentir un enorme cariño por un planeta que, de vez en cuando, intentaba recordarnos quién mandaba. Tuve que darle la razón.
Mientras volvían a pasar las fotografías de mi teléfono, uno de ellos se detuvo en la del perro y recordó algo que yo había dicho. Quiso saber qué significaba querer. Eso resultó mucho más difícil de explicar que la lluvia, los árboles o los ríos. Le dije que querer era cuando otro ser se volvía importante para nosotros, pero inmediatamente quiso saber importante para qué. Y tuve que admitir que, algunas veces, para nada. Querer a alguien no significa necesariamente necesitar algo de él. Es desear que esté bien aunque no recibamos nada a cambio; alegrarnos cuando aparece, extrañarlo cuando no está, cuidarlo cuando lo necesita, compartir con él nuestro tiempo, nuestra comida, nuestra casa o simplemente sentarnos a su lado. Les conté que podíamos querer a otras personas y también a ciertos animales, y que muchas veces esos animales parecían querernos también, aunque ninguno pudiera usar nuestras palabras para decirlo. Uno de ellos hizo entonces una pregunta todavía más complicada:
—¿Cómo sabe uno que quiere a alguien? ¿Se siente en el cuerpo o algo?
Instintivamente me llevé la mano al pecho, y todos siguieron el movimiento. Les dije que los humanos solemos decir que queremos con el corazón, aunque sabemos que el corazón es un órgano que bombea sangre y que aquello que llamamos sentimientos ocurre de una manera muchísimo más compleja. Sin embargo, insistí en que querer sí podía sentirse en el cuerpo. Cuando vemos a alguien que queremos, podemos sonreír sin decidir hacerlo; cuando regresa después de mucho tiempo, sentimos deseos de acercarnos y abrazarlo; si está en peligro, sentimos miedo y, si sufre, algo dentro de nosotros parece sufrir también. Y si lo perdemos, duele.
Naturalmente, quisieron saber dónde dolía. Volví a llevarme la mano al pecho. Uno de ellos señaló la contradicción: acababa de decirles que el querer no estaba ahí y, sin embargo, ahora afirmaba que ahí podía sentirse su ausencia. Me reí. Tuve que reconocer que los humanos somos bastante complicados. Él permaneció pensando durante un rato, hasta que dijo que entonces nuestro cuerpo podía sentir la ausencia de alguien que ni siquiera estaba dentro de nuestro cuerpo. Le respondí que sí. Miró nuevamente la fotografía del perro y pareció comprender algo antes que yo.
—Como su viento —dijo—. Entonces quizá querer es que alguien pueda estar fuera de ti y, aun así, puedas sentirlo dentro.
Lo miré en silencio. Había viajado desde la Tierra hasta un planeta lejano para explicarles qué era querer, y terminó siendo uno de ellos quien me lo explicó a mí. Ellos siguieron pasando las fotografías, y yo empecé a sentir algo extraño. Llevaba toda mi vida en la Tierra. Había sentido miles de veces el viento sin verlo. Había recibido lluvia sobre mi cara, caminado debajo de árboles, bebido agua que alguna vez estuvo dentro de una montaña, visto el Sol desaparecer detrás del mar y vivido a la vista de volcanes. Había querido personas y animales, había sentido su presencia y también la ausencia de algunos.
Todo aquello había estado siempre ahí, y quizá por eso había dejado de verlo. Empecé a sospechar que aquel viaje a otro planeta no me estaba sirviendo para conocer el mundo de ellos, sino para conocer el mío. Antes de despedirnos, uno de ellos volvió a hacerme la primera pregunta: quiso saber por qué mi planeta se llamaba Tierra. Esta vez no intenté buscar una explicación. Me quedé un momento en silencio, con el teléfono todavía en la mano, y respondí:
—No sé por qué le pusieron ese nombre. Pero ahora entiendo por qué, cuando estamos lejos, la llamamos nuestra tierra.
Lo dije mirando las fotografías que todavía estaban en mi teléfono: los árboles, la lluvia, el río, el mar, los animales. Pensé en el viento que no podía enseñarles, en el Sol, en los volcanes y en todos aquellos seres que podían estar fuera de nosotros y, aun así, sentirse dentro. Y por primera vez desde que había llegado a aquel planeta, fui yo quien tuvo ganas de volver a casa.